Mis queridos amigos... os dedico estas lineas tanto a los que me animan a seguir escribiendo sobre mis experiencias, como a los que me ponen a parir por ello. Os doy mis más sinceras y francas felicitaciones a todos. Hace días que no cuelgo nada, que tengo mucho y muy interesante todavía, porque al ver el resultado de vuestros comentarios, me planteé el hecho de escribir un libro en serio sobre mis experiencias, y eso es otro mundo, para ir dejándolas o no, después en la página una vez esté publicado.
A la vez también he creado un personaje de cómic llamado “Lula mi pirula” que ya está colgado en otro apartado. Además hay artículos relacionados con este tema y otros que también me ponen, que están en otros blogs, pero tratándolos más desde el punto de vista de actualidad que de estar relacionados con mis propias experiencias, así como algún cuento y tonterias varias.
Me encanta que me animen o critiqueen. Las dos opciones me impulsan para seguir expresando mis vivencias. Lo que yo he sentido y vivido, no tiene porque gustarle a todo el mundo, no quiero que así sea. Muchos de mis actos no me gustan ni a mí. Si todos estuviéramos de acuerdo en todo, la vida sería aburrida y no tendría ninguna gracia. Pero de todo se aprende, de lo bueno y de lo malo, y además no se puede tirar a la papelera lo ya sucedido, ya que para empezar lo hecho hecho está, y se supone que tus decisiones de esos momentos tenían todo su sentido, o por lo menos eso parecía. Pero es cierto que todos intentamos no repetir las peores o las más desagradables, o simplemente intentamos no volver a las que ya no motivan por estar acabadas, caducas o superadas.
Yo no animo a nadie a que pruebe las drogas ni a que deje de probarlas. Es una decisión personal que es cierto que cuando se es joven se tiene mucha inconsciencia por la falta de criterio al tener pocas experiencias. También respeto tanto a los que dicen que son malas y que se acaba mal al tomarlas, que la mayoría de las veces por prejuicios morales adquiridos y por ignorancia, que muchos cuestionan sin saber, y los que las prueban y no les gustan o tienen problemas con ellas y las odian, es perfecto, son sus opiniones y decisiones al respecto, como a los que en plena ebullición de tomarlas, piensan que es lo máximo que les ha sucedido en la vida y que no hay nada más fuera de ese círculo. En estos, como en cualquier tema de la vida, nadie posee la verdad absoluta. Cada cual tiene la suya propia. Pero también es cierto que desde que naces hasta que mueres, todo el mundo intenta convencer a los demás de que la suya, su forma de entender la vida es la mejor y la que más conviene al resto, y eso no es cierto. O sí, pero de manera relativa, ya que hay tantas formas de pensar como miles de millones existen. Y es que muchas veces, por lo único que se intenta convencer a los demás sobre como vivir, y esto es algo que todos inevitablemente hacemos, es para aprovecharse en beneficio propio, y eso no me parece bien, ya que pertenecemos a un sistema con millones de ramificaciones, en el cuál, todos deberíamos de tener cabida, aunque se tenga la obligación de sobrevivir ayudando, apoyando o pisando a los demás, con el poco sentido que da el hecho a esto ya que todos acabaremos en agujeros parecidos.
En mi caso tengo muuchas buenas experiencias con las drogas y buenos recuerdos con muy buenos amigos. También desagradables, pero no le echo la culpa de mis actos ni a nada, ni a nadie, el responsable sólo soy yo. Todas han sido enriquecedoras y han hecho de mí, lo que soy ahora, lo que pienso y siento. No puedo renunciar a mí mismo en el pasado, sería absurdo.
Disponemos de unos ochenta años más o menos, para disfrutar, llorar, reír, sentir, experimentar, sufrir, descubrir, ser felices o no, crear, destruir, crecer, perecer y morir. Se aprende tanto de tus errores y aciertos, como de los que experimentan otros. Si es que eres lo suficientemente coherente al interpretarlas. Puedes creerte muy importante si tienes mucho dinero, y también ser un infeliz, o ser feliz simplemente con un huerto de tomates. La vida es algo que dura toda una vida, o tan solo un leve soplido. Y si no me crees, mira hacia atrás en el tiempo y cuenta si puedes todos los que ya no están vivos, y mira hacia delante y cuenta los que ya no estaremos dentro de 100 años, entre los cuales tu y yo estaremos incluidos. En el fondo, todo lo que sucede no es más que una broma, pequeña o grande, según como te la quieras tomar, que alguien nos ha gastado sin ningún fin específico, donde hay gente que se la toma más en serio de lo que debiera, intentando darle un sentido de eternidad a todo lo que sucede, que no lo tiene. Para mí, este curioso tipo no es más que un idiota, pero ni más ni menos que cualquiera que como yo, se la ha intentado tomar bastante más en broma.
Todos somos pequeñas gotas que formamos parte de un río que transcurre por su cauce que desemboca en un mar que a su vez pertenece a un gran océano. Para que más tarde, por efecto del sol, esas mismas gotas acaben evaporándose formando cúmulos de nubes que volverán a llevarlas hasta su lugar de origen, cayendo diluidas formando una fuerte o fina capa de lluvia en el mismo río del principio...
...y así hasta el infinitito y más allá.
Estamos en una circunferencia que gira y se repite eternamente, y a eso le puedes llamar dios, todo, o como te salga de los cojones.
La primera fue en frente de la puerta del kwm en Fernando el católico nº 66, en un banco de esos de piedra blancos, que esperaban en las aceras colocados estratégicamente a lo largo de la avenida, para el descanso de los viandantes. Pero una vez más, el dinero de todos los contribuyentes fue desperdiciado por nuestros queridos gobernantes ya que no se sentaba nadie. Bueno quizás nosotros, pero para nada bueno. O sí. Según se mire. Era de día, de eso me acuerdo, un domingo por la mañana a eso de las 9 o las10. Me invitó una amiga que estudiaba conmigo. Trabajaba en un bar de la zona de Zumalacárregui. Y los fines de semana frecuentábamos los mismos ambientes al salir de trabajar. Yo ya había probado la cocaína y fumaba porros al igual que ella. Pero esporádicamente. Siempre nos estaba contando maravillas del speed. –La cocaína es para ricos y gilipollas, –Nos decía – pero con el speed vuelas hacia el infinito. Te metes una rayita de velocidad, y a “volar”–
A mí, la palabra velocidad me hacía gracia cuando la nombraba mi amiga, y me picaba la curiosidad. Tenía razón. El speed te daba energía y algo más de euforia a tus actos, lo que se resume en velocidad de movimientos y pensamientos.
El speed es anfetamina pura. Se traduce por velocidad en español. Utilizada por los estudiantes para estudiar. En las guerras por los soldados de muchos bandos; japoneses; alemanes y americanos; para euforizar los ánimos competitivos. Por cientos de deportistas para entrenar con más potencia y efectividad. En dietas para adelgazar, y en estos últimos tiempos como estimulante en el ejercicio del ocio.
Se puede comer en bombetas hechas con papel de fumar o pastillas, esnifar o inyectarse. Comido no me gustaba porque se te quedaba como metido en el centro de la frente como en una especie nube de vigilia, pero que no acababa de bajar. Tomándolo por la nariz, te puedes pegar tres días sin dormir con toda tranquilidad. La verdad es que está muy bien si no te pasas. Pero si te pasas acabas odiándolo por lo fuerte que es. Pero bueno aventurillas al fin y al cabo, que hay muchas y variadas. El que se lo inyecta, yo he conocido a muy pocos, en realidad solo a uno. Tiene que ser como la muerte. En fin, allá cada cuál.
Hay de muchos tipos. Se puede sacar de las anfetaminas legales como las dixidrinas, efedrinas, bencedrinas, centraminas, utilizadas en la medicina actual para muchos tratamientos físicos y psíquicos, o de los saquetes ilegales compuestos en los laboratorios clandestinos.
Yo por aquel entonces quería ser como Mario Conde. Un importante hombre de negocios. Quería acabar mis estudios para ir a la universidad, y estudiar empresariales. El mundo de la bolsa. Las transacciones económicas. La macroeconomía. Todos esos sistemas me volvían loco. Me compraba libros relacionados con las empresas y las acciones del mercado de valores. Con el poco dinero que ahorraba compraba y vendía acciones de bolsa. Miraba los gráficos y balances. Elucubraba con ganancias, con los márgenes de beneficios. Compraba cuando bajaban y vendía cuando subían. Conseguí gracias a mi padre, que había trabajado en un banco y en una empresa de inversiones, que me mandaran el boletín oficial de la bolsa de Madrid a mi casa. En aquellos tiempos carentes del Internet de hoy, era un gran logro tener esa información de primera mano.
Me apunté a estudiar 3º de Bup, que lo había dejado a medias para escapar de mis responsabilidades creadas por otros, hacia el servicio militar obligatorio, en nocturno del instituto Goya, mientras trabajaba en la cadena de montaje de la GM. Multinacional dedicada a destrozar los cuerpos de seres humanos por una mísera, pero segura, cantidad de dinero. Con el tiempo lo de segura ha ido perdiendo muchos enteros, pero en aquella época si lo era, y fue un trauma en casa cuando la dejé. Ahí pude comprobar como las multinacionales y las grandes empresas son enemigas acérrimas del ser humano. Indudablemente no de los puestos de dirección y de según que puestos de trabajo agradables de responsabilidad, pero si del obrero y de la mayoría del organigrama de base que las componen.
En aquella época visione la película de Wall strett en los multicines Buñuel un martes por la tarde en la sesión de las 5. Solo. Como a mí me gustaba ir al cine. Solo y en esa sesión de las 5 más solo que la una. Como a mí me gustaba ver los filmes. La fui a ver varias veces. Me hipnotizó. Me compré la banda sonora. Cuando salió en video me la grabé y la visioné hasta que me cansé. Y cuando descubrí una tienda dedicada al cine, compré todas las fotos de la película con su póster central, que hasta hace poco estuvo presidiendo una parte de mi cuarto. Indudablemente ahora después de los años, ya no significa nada de lo que significaba para mí en aquella época, un tanto ignorante sobre la vida, pero todavía la veo de vez en cuando. Aunque la metáfora de la película y lo que nos muestra es que el que roba y no lleva los cauces ordinarios de la moral y la ética, lo acaban cogiendo y acaba mal, yo solo veía la parte del éxito y el dinero. Ese instinto para destrozar al contrario y utilizarlo en beneficio propio. Lo mismo que sucedía en esa época donde los socialistas se pusieron España por montera y arremetieron llevándose todo el dinero que pudieron; robando; estafando y mintiendo por doquier. Una vez más, se demostró desde tiempos inmemoriales que las cosas no cambian, que la política no está al servicio de todos, sino de los que están en esos momentos en el poder, no importando las ideologías que profesen. De hecho las ideologías son excusas para poder robar con impunidad. A Mario Conde, que casi estuvo a punto de entrar en política, lo nombraron doctor honoris causa en je ne se cua, y luego se descubrió que no era más que un ladrón mentiroso, que se aprovecho de todo el que conoció para conseguir sus fines personales de éxito y acaparamiento de dinero. Un trepa de lujo con título de abogado. Así es el mundo de los negocios. ¿A ver que salgan los listos que lo nombraron cum lauden?
Pero en aquella época no se sabía nada de lo que sucedería más tarde. Todos los grandes empresarios que salían en las revistas financieras como grandes y exitosos magnates de los negocios, que solo se preocupaban de robar, muchos afines al partido socialista, cayeron en procesos por estafa y malversación de fondos y la mayoría en la cárcel.
En esa época ignorante donde todo está por descubrir y donde no sabes lo que quieres y que es lo que te deparará el futuro, yo intuía ya, todo aquello que es lo habitual del ser humano desde el principio de los tiempos, y en cuanto probé las drogas y todo lo que me daban, todo cambió. Vi las cosas y la vida de otra manera. Se rompió ese sueño de conseguir el éxito y el dinero por encima de los demás y me dediqué una larga temporada a disfrutar de la vida. El trepar por encima del resto se quedo en la retaguardia, ya que había tantas y tantas experiencias esperándome con las drogas que la estupidez de tener éxito se quedo relegado sobre los últimos planos de mis escalas de valores. A Mario conde lo metieron en la cárcel cuando se destapó el pastel que había amasado robando, y mis últimos diez años que he estado metido en los negocios no han hecho sino confirmar todo aquello de lo que huí en su día. El dinero vuelve imbécil a la gente. Mienten. Engañan para conseguirlo, y nunca, nunca, tienen bastante. Siempre quieren más. Utilizarán máscaras y fachadas muy bien diseñadas con las que manipularán a los demás para lograr sus objetivos egoístas. Son pequeños psicópatas, muy bien integrados en una sociedad que permite estos actos con tal de lograr el máximo beneficio en las empresas y demás negocios, sobretodo en las multinacionales, donde el trato hacia las personas está muy alejado y solo se basa en catalogar a los seres humanos como números y estadísticas.
Las drogas dan libertad de pensamiento y eso no le gusta a una sociedad donde el triunfo y el éxito de cualquier tipo y a cualquier precio están muy unidos. Lo de que hagan mal o bien a la salud no importa una mierda, si fueran legales se podrían estudiar, pero son ilegales más por la disidencia social que se creen que produce, y para que no se vean las mentiras en las que se basa esta sociedad moderna, que por el mal que puedan generar en un organismo humano. Y con eso, se influye para que siga existiendo esa desigualdad entre los ricos y los pobres. Esa lucha para tener más que el de al lado. Con las drogas ves el mundo más desde el lado espiritual y místico que desde el puramente agresivo de la supervivencia del gen egoísta que llevamos dentro, y eso da miedo y asusta. Expresar y tener sentimientos internos que pueden hacer daño, acojona. La verdad es que no estamos preparados para enfrentarnos a nosotros mismos. Por eso le echamos la culpa a las drogas de nuestros equivocados actos. Por eso sale tanto famoso en las pantallas llorando cuando lo pillan y luego escojonado cuando se mete. Llorando y pidiendo ayuda cuando se ha pulido la fortuna, pero no cuando se ponen el mundo por montera. Cobardes y asustadizos gallinas.
¡POA; POA; POA, poa. POA; POA!
MI PRIMER ÉXTASIS, PASTILLA DEL AMOR, PILL, MDMA.
Esto que puede parecerle a mucha gente, algo tan pueril como, “la primera vez que me tomé un éxtasis”, para mí, ha sido una de las mejores, más interesantes y excitantes experiencias de la vida. Ahora muchos, se estarán llevando las manos a la cabeza, clamando al cielo por tal afirmación, pero lo que yo he dejado de sentir o vivir es solo asunto mío y a nadie más le importa. O por lo menos no deberían de importarles tanto, del mismo modo que a mi no me importan muchas de las experiencias de los demás. Hay tantas maneras de ver la vida y vivirla, como personas. A mi tampoco me gusta el fútbol, pero entiendo lo que con lleva seguir unos colores y la pasión que desata, quizás porque de crío yo también los sentí; los de mi ciudad; los de la selección; los de mi colegio; los de mi clase. Y eso me hace respetar las decisiones de los que les guste seguir ese tipo de juegos, para mi, tontos y estúpidos. Cualquier actividad humana, pensada fríamente no tiene ningún sentido. Veintidós gachos en calzoncillos corriendo detrás de un balón de cuero para meterla por entre unos postes. “Tela”. A mi me deja frío e indiferente, de hecho como deporte me parece aburrido y mal concebido para el espectáculo. Pero mueve muchas cosas por detrás. Dinero. Afición. Pertenecer a algo para sentirte identificado. Es norma general, pertenecer al club de la ciudad donde naciste, y si no, ser del Madrid o del Barcelona, que están eternamente enfrentados. A lo mejor es que no quieren que haya un buen espectáculo y lo que quieren conseguir es que se enfrenten los unos contra los otros, que defiendas unos colores y que te
te metas con los del equipo contrario en el bar, en el trabajo, o en tu casa. Bueno, allá ellos. Yo por eso no lo veo, por eso no me gusta, por eso no soy de ningún equipo y me importa un huevo quién gane o pierda la liga. ¿Debería criticar esos comportamientos aberrantes cuando todos hablan mal del entrenador, el delantero de turno que no mete goles, y las vidas y milagros de los jugadores que ganan tanto dinero? ¿Debería intentar convencer a los demás de que no los siguieran, por ser un juego estúpido? ¿Y si tuviera poder para hacerlo... debería prohibirlo? No sé, pero yo creo que no.
El primer contacto que tuve con los piles, o que sentí que serían algo importantes en mi vida, fue una tarde de sábado tomando algo placidamente al sol, en unas conocidas terrazas del parque grande de Zaragoza, donde quedan los jóvenes a primeras horas de la tarde para iniciar las salidas de los fines de semana.
Habíamos oído hablar de ellos, pero de muy lejos. Comenzaban a sacar reportajes sobre las discotecas valencianas y de Ibiza, donde empezaban a aflorar este tipo de estupefacientes. Aquí la cocaína se expandía con mucha rapidez, los trippis hacían su aparición en la escena musical noctámbula, y los porros ya los consumíamos con asiduidad todos los fines de semana. Solo nos quedaban para completar nuestro currículum de las sustancias alteradores de la mente, las novedosas y atrayentes drogas de diseño. Química pura y dura, y tal como se expansionaban solo era cuestión de tiempo.
Las discotecas de moda de la ciudad, como Pacha y El KWM comenzaron a cerrar cada vez más tarde. Pacha a las 8.00 de la mañana y el “K” como llamábamos coloquialmente al kwm, a las 10 u 11 de la mañana, dependiendo un poco del público que llenaba la sala. Según la ley, si cerrabas dos horas para limpiar podías volver a abrir a partir de las 6.00 de la mañana e incluso el nivel permitido de decibelios subía 15 a partir de las 8.00 con lo que los afters eran legales y con un buen volumen de sonido. En poco tiempo gracias al consumo desacerbado de drogas y a la gente que pedía más fiesta, se llenaban cada vez más los locales y daban paso a otros nuevos. En poco tiempo eso propició la apertura del primer after de tarde, que se abriría a mediodía llenándose de los que no dormían en toda la noche, provenientes de la sesión matinal del kwm. Dio la puta casualidad de que estaba ubicado en mi calle, “El edén”. Más tarde se abriría otro a las 3 de la tarde, “El sprint” ubicado en las delicias y “El tercera parte”, cerca del sprint que se llenaba después del sprint a partir de las 5. Eso propicio que tuvieras siempre un garito detrás de otro esperándote para tu deleite, mientras que el cuerpo aguantase. Y con drogas siempre aguantaba. Creándose una ruta de domingo que llegaba hasta el lunes por la mañana. En Valencia se le denomino la ruta del bakalao, y más tarde a nivel nacional simplemente como “la fiesta”. Término español como no, taurino por antonomasia.
Esa tarde de sábado estábamos en las ocas, las terrazas antes nombradas y llegaron unos amigos de nuestros tiempos facciosos en un estado no lamentable, pero si extraño por la hora que era, las 6 de la tarde y no habían dormido en toda la noche del viernes y seguramente, vendrían de algún garito a puerta cerrada. Sería entrada la primavera o verano, hacía buena tarde y nos contaron como se habían comido un éxtasis, y habían estado toda la noche bailando sin parar y sin tener la necesidad de irse a casa, exceptuando un ratito para una ducha de refresco y seguir de marcha.
Todavía recuerdo lo que la palabra ÉXTASIS produjo en mi cerebro. Era como algo misterioso, como si se tratara del cáliz de la alianza buscado durante milenios por los cruzados. El elixir de la eterna juventud. Y en cierto modo así era. Fue como una anunciación.
Se sentó con nosotros y nos dijo: -Nos hemos comido un “Éxtasis” esta noche, y es lo mejor. Lo más para divertirte. Ni farlopa, ni speed, ni nada. Te comes media pastilla y tienes para bailar toda la noche. Tenéis que probarlo, os compráis una y la compartís para dos. Hacedme caso. Yo os la consigo para esta noche y si no os lo pasáis en grande os devuelvo el dinero- Al poco como le gustaron tanto, que él sería el primero en traer los piles y llenar las noches de Zaragoza con ellos. Me acuerdo que sus palabras fueron -“He nacido para esto”-. Estuvimos un rato más hablando de esta o de otras tonterías por el estilo y nos fuimos de allí sin darle más importancia al asunto. Pero con la mosca detrás de la oreja por lo que nos relató nuestro querido amigo. Sobre todo yo, ávido de experiencias y de búsqueda de nuevas sensaciones. Pasamos la tarde plácidamente y por la noche nos lo volvimos a encontrar otra vez en los garitos que frecuentábamos. Estaba en estado de trance colgándose con la música, por no haber dormido y llenándose el alma eterna con los XTC por supuesto. Todos estos actos daban que pensar. ¿Qué haría eso del éxtasis? ¿Cómo actuaría? ¿En que estado te coloca? ¿Será difícil de controlar? ¿Qué es lo que sientes? Daba un poco de miedo porque con las rayas sabías la cantidad que te metías y como actuaban, pero una pastilla en el interior y tan pequeña ¿cómo podía durar tanto? ¿Qué es lo que te hacía y donde para que te lo pasaras tan bien? Eran preguntas que corrían por mi mente llenándola de dudas. Dudas que son las que se hace todo el mundo antes de probarlos, es lo normal. Daba miedo y respeto, pero inevitablemente también curiosidad. Y al final la curiosidad mató al gato. Así es la vida, probar, sentir, vivir.
Palabras como, subida, cuelgue, y ostión, comenzaron a meterse en nuestro vocabulario cotidiano del pedo del fin de semana, pero con un halo como de misterio por no comprenderlo bien hasta que no lo sientes o experimentas. El que se muere sin saber lo que es un buen ostión de pill, es como el que ha vivido y no se ha enamorado nunca, no pasa nada evidentemente, pero te has perdido algo único. Está claro que era algo parecido a las borracheras, pero así como la cocaína y el speed te subían a otro punto el pedo de alcohol, el éxtasis parecía valérselas por si mismo para sentir algo completamente distinto.
Pero… ¿qué significaban todas esas expresiones? ¿Qué es una subida? ¿Qué era estar colgado? ¿Cómo te quedabas colgado?
Lo que te hace sentir un MDMA, no te lo da ninguna otra sustancia del mercado. La heroína, dicen que es como un orgasmo, pero luego siempre quieres más, te engancha, destroza tu equilibrio mental y tu forma de vivir, es lo único que directamente no he probado, algunos yonkis nos comentaban que algunas pastillas contenían heroína entre su composición. Puede, la sensación era como más orgásmica. Los trippis son alucinógenos, te hacen reír un montón, te sacan de la realidad cotidiana, el tiempo se detiene, y las formas y los conceptos cotidianos varían y se distorsionan. Los porros y la marihuana, te relajan o activan, dependiendo del momento y las circunstancias. Hay marihuanas triposas que te puedes morir de risa y con los porros te puedes comer 10 neveras del hambre que te dan. La cocaína te tensa y te da seguridad, una falsa seguridad. El speed te da velocidad de movimientos, te pone muy cachondo, pero si te pasas, y casi siempre te pasas, te vuelve algo paranoico. Te ves sucio aunque te duches. Tienes sueño pero no puedes dormir. Si tienes que trabajar a la hora que sea solo te quedarás dormido media hora antes. Pero el éxtasis…el éxtasis te toca las fibras internas sensibles y te da la felicidad absoluta. Algunos sobre todo. Escalofríos. Paz. Serenidad. Amor. Te abre a nuevos conceptos de sentimientos y sensaciones que en la vida cotidiana no afloran tan fácilmente. Que existen es cierto, pero que cuesta mucho experimentarlos con las vivencias normales, también es cierto. Por lo menos para mí y para mucha gente. A parte de todo, son sensaciones distintas por el modo en que se experimentan. Cambia radicalmente la forma de oír la música, de sentirla. Las relaciones sociales. Las sexuales. Todo. Pero aún así, cada cual lo interpretará a su manera. Esto son sensaciones particulares que yo he tenido con cada sustancia, aunque también son generales. Normalmente, casi siempre acababa siendo un pedo mezcla de muchas, y como centro de todas ellas estaba evidentemente el alcohol.
La primera pastilla que me comí era una pequeña blanca y ovalada con una rayita en medio. Se la compré a medias con mi amigo kike al amigo rulador de antes, sus siglas de mote eran S. el M., a petición suya quiere estar en el anonimato, es el que las introdujo en Zaragoza, y ahora es una persona normal que tiene un negocio lucrativo y que funciona. Creo recordar que nos cobró 6000 pelas a precio de amigo. Las primeras se pagaban entre las 6000 y las 8000 pesetas de entonces. La compramos entre dos. Al principio eras reacio por todo lo que he comentado antes: el miedo, el respeto, y también por lo puramente económico. Un gramo de speed o de farlopa, te duraba bastante más y el rito de las rayas en los cajeros o en el coche te daba mucho más morbo. Sin embargo, una pastilla te la comías y luego ¿qué? A esperar esa subida y bailar y bailar… no sé, era un poco extraño y difícil de digerir.
Lo que se comentaba también era que al día siguiente si bebías alcohol podías tener unos “flash-back” elegantes, algo así como una leve subida por los posos de la droga en la sangre. Y eso sí que me sucedió a la tarde siguiente, me tome una caña y me puse eufórico y un tanto sensiblero.
La primera toma de contacto no fue la gloriosa y apasionante vivencia esperada. Pero estaba claro que llegarían otras.
Pasaron unos fines de semana y nos preparamos para irnos de vacaciones unos cuántos amigos. Cogimos un apartamento en Lloret de Mar. Para entonces los pirulos ya rulaban por ahí, pero todavía no se habían introducido en nuestro entorno, las demás drogas sí. Decidimos comprar un buen cargamento de farlopa para llevarnos, y yo junto con Braulio, un amigo, compramos un pirulo a medias. Nos costó 7000 y se la compramos a un amigo que ya no está entre nosotros. Eran unas pastillas marrones bastante grandes. Unas de las mejores pastillas que he comido en todos estos años. Me acuerdo de todas las sensaciones de la primera vez como si fuera hoy mismo.
El apartamento estaba en primera línea de playa en el centro, al lado de toda la zona de marcha. Conocíamos a un par de amigos que trabajaban siempre allí en verano. La discoteca a la que íbamos era La Moof-Gaga ubicada dos calles más abajo, con lo que lo del tema de las rayas, lo teníamos muy bien controlado. Nos las metíamos en el salón del apartamento y bajábamos a la disco sin necesidad de llevar nada encima.
Compramos unas botellas de whisky por medio de un camarero amigo nuestro y así teníamos asegurada la entrada en la puerta y preferencia en el trato. La discoteca contaba con una pista central, al alrededor sitios para sentarse, y como unas plateas para poder observar desde arriba a la gente que bailaba. Una de las noches hicimos una fiesta en la playa y Braulio machaco la mitad de su pil e hizo unos chinos en un cigarro. Nos los fumamos sentados en la arena pero la verdad es que tampoco nos colocó en demasía. Nos preparamos para salir por la noche y fue cuando me comí un cuarto justo antes de entrar en la discoteca. A la hora más o menos, al ir hacia el baño, que recuerdo perfectamente que estaban decorados con metales por todos lados, muy chic para aquella época, noté como un leve mareo y una pequeña perdida de equilibrio, desconcertante pero agradable, como si el suelo se moviera a mis pies, y flotara por encima de él, pero muy poco rato, a lo mejor eso es lo que hizo Jesucristo en las aguas, se comió un pil y anduvo por encima. Me di cuenta luego, cuando de verdad supe como subía un pil, que fue la pastilla la que me movió esa noche por ahí sin yo saberlo, porque luego me puse a hablar muy suelto con chavalas y el único que ligó esa noche fui yo. Yo nunca lo hacía, solo bailaba y me colgaba con la música, lo de las tías era meramente secundario.
Pero la vez que lo sentí de verdad, fue a las pocas semanas una noche en la discoteca kwm, en la pista con esas mismas pastillas marrones, que duraron en el mercado algún tiempo más. Esa vez me comí media antes de entrar en el K y de repente cuando estaba bailando en la pista, todo empezó a distorsionarse, y todo lo que me rodeaba se volvía flexible y moldeable, con una distinta realidad. La música comenzaba a meterse por dentro de mi cuerpo oyéndola por mis pabellones auditivos como si fuera en una nave espacial. Tuve la sensación de que la gente bailaba a mí alrededor mucho más deprisa, pero como en escenas que pasaban muy lentas, y como que sus gestos eran más fuertes, más profundos. Me acuerdo perfectamente de tener bailando a mi amigo Fernando en frente, y ver las expresiones de su cara entre los flases de las luces mucho más intensas. De repente, al girar mi cara, e intentar entender lo que sucedía, vi. como la barra que tenía en frente, se alejaba de donde estaba hacía lo lejos. Se alejaba hasta mucho más al fondo, como en las películas de terror se alejan se alejan la puerta de salida cuando el protagonista huye del malo corriendo por los pasillos. En ese momento volvía mi mirada hacia algún sitio de la pista y lo veía todo como entre flases por los efectos de las luces y la pastilla, volvía a dirigir la mirada a la barra y se volvía a alejar hasta el infinito, entonces me dije, “sal de aquí”. No porque fuera algo desagradable, al contrario, era algo curioso y distinto, sino porque algo me decía que fuera me lo iba a pasar mejor. Al salir por la puerta, notaba como iba flotando por el aire, con una leve perdida del equilibrio, pero controlada. Al ver la luz de la calle de día ya, serían las 10 seguramente, todo se quedó como más tranquilo. No había distorsiones, las luces no te hipnotizaban. Fui hacia el emperador, un bar de tapas que abrían por la mañana y donde se metía gente de la noche a descansar en su sitio con luz blanca normal y sillas, y en ese camino noté por fin lo que era un pil, era una sensación de plenitud y de felicidad absolutas, las casas eran bonitas, los árboles y los setos del paseo brillaban con luz propia y parecían hablar alegremente entre ellos. La luz del sol, exultante, brillante, plena, llenaba absolutamente todo el escenario visual. El calor de sus rayos en mi cara, hacía todavía más placentero ese momento mágico. Llegue al emperador y me senté con unos amigos que estaban descansando. Mi cuerpo se alzaba 10 cm. por encima de la silla. Era como si llevará dentro un globo que me expansionaba hacia el todo. No había dudas. No existían los problemas. Todo era paz, armonía y risas. Risas y más risas. Mientras por las vidrieras veías a las familias que iban al parque a pasar el día. Te daba la impresión de verlas más felices que de costumbre y como que te transmitían esperanza y serenidad. Eras feliz y querías que todo el mundo también lo fuera. Sé que mucha gente dirá que esto que sucedió no fue real, pero se equivocan. Para mí lo fue y mucho. No sucedió una vez, sino muchas. Y todas ellas, algunas experiencias mejores y más intensas que otras y otras no tan buenas, pero todas comparables a las que tienen los de los éxitos en el deporte, los que tienen ganancias en los negocios, o los que tienen hijos, y en todo lo que se pueda iniciar en la vida cotidiana que se denomina “vida real”.
Puede que una vez cumplidos los trámites del alumbramiento de mi ser, fuera la típica canción de cuna que todos hemos escuchado alguna vez aunque no nos acordemos… -“Duérmete niño, duérmete ya, que si no el coco te comerá” - Amenaza un tanto cruel por parte de los padres, que empiezan a meterte el miedo en el cuerpo, antes incluso de haber dado los primeros pasos. Pasos que podrían ayudarte a huir del susodicho coco malvado, si es que diera la casualidad por una vez en la vida, de que se apareciera por entre las sombras y la oscuridad del pasillo de tu casa. Cosa rara, ya que no es más que un personaje que pertenece a la imaginería social amenazante, para conseguir que te portes bien.
Pero antes que esa vez, la primera que sentí u oí una melodía o secuencia rítmica coordinada, pienso yo que sería en la gestación. Ahora se sabe, que a los cuatro meses de la unión del ovulo y el espermatozoide, el feto casi formado por completo, tiene desarrollado el oído, y está en posición expectante respecto a lo que sucede fuera. Hay experimentos que demuestran que el feto es receptivo a la música y a las conversaciones de la madre. Y en estas andaduras por donde se encontraba mi “mini-yo no-nato”, dentro de la seguridad que da el líquido amniótico, escucharía mi primera canción de música, ya que mi padre era un aficionado y coleccionista de discos, y quizás fuera algún tema de aquella época. Imposible saber cual. Pero de ahí me vendría mi afición un tanto obsesiva de muchos años de mi vida.
La música mueve en nuestro cerebro la misma cantidad química de endorfinas que unas rayas de cocaína. La mezcla de las dos, o con cualquier otra sustancia alteradora y productora de endorfinas, es la hostia. Siempre se ha dicho, que la música amansa las fieras, que las tranquiliza, en realidad las anestesia. Por eso mi relación con la música ha sido un tanto especial. A mí me volvió literalmente loco. Me ponía los pelos como escarpias. Yo lo comparo con un amor bien correspondido, con sus altos y bajos como en todas las relaciones.
Está imbuido hasta dentro en nuestro código genético desde los tiempos de las cavernas. El ritmo, las melodías, los sonidos musicales que nos deleitan y envuelven. Nos hacen mover el esqueleto sin ningún tipo de sentido. Con una coordinación motora, mejor o peor predispuesta que nos mueve el cuerpo sin poder evitarlo, dibujando figuras o dejándose llevar hacia el infinito del aquí, colgando el cerebro en un éxtasis de sensaciones. Cualquier pequeño de nuestra raza cuando oye música, se mueve de manera rítmica y acompasada, es imposible evitarlo.
El sonido es una onda que se mueve en una malla elástica que es el aire.
El oído humano escucha sonidos que van desde los 20 hercios hasta los 20.000 h., y entre estos se encuentran todos los instrumentos musicales. Los hertzios son una medida del sonido, que significa ciclos por segundo, a más cantidad de ciclos por segundo más agudo sale el sonido y a menos cantidad, sonidos más graves o bajos. Cuánto más agudo es el sonido más pequeña será la onda, y cuanto más grave más grande.
Hay una gran gama de instrumentos con sus diferentes rangos de frecuencias. El piano es uno de los instrumentos que más abarca, desde los 27 H. hasta los 4.000 h., pasando por los sonidos más bajos del contrabajo, hasta los más agudos de los violines y flautas. La mezcla de muchos o pocos sonidos generados por instrumentos musicales acústicos o electrónicos, como samplers, módulos de sonido, sintetizadores, rellenará en nuestro cerebro casi toda la escala del espectro sonoro audible. Por eso nos da placer, mueve nuestras neuronas con movimientos eléctricos al rellenar todos esos huecos y espacios silenciosos, dándonos satisfacción al escuchar los sonidos en sus diferentes tonos y armonías. Nos hacen sentir tristeza, melancolía, alegría, por medio de las escalas, y nos identificamos con las letras de las canciones, que nos hablan de lo que sucede en la vida cotidiana.
Desde que yo recuerdo he escuchado música. Primero los discos de mi padre, que ponía sin descanso en su viejo tocadiscos semiautomático que tenía en el salón de la casa, hasta la producción musical en un estudio propio. Principalmente, música de discoteca y electrónica, la hermana menor de las músicas existentes, ya que se mueve alrededor de todas las drogas modernas. Y así cualquiera. Pero aunque pueda parecer que por lo simple de su composición, al ser más minimalista, repetitiva y machacona, y sacando sonidos no acústicos que parecen ruidos, también tiene una evolución y su elaboración también comporta su dificultad y su público crece año tras año. Puede que un poco, al amparo del crecimiento del consumo de drogas, es cierto, pero es la evolución juvenil, musical y social de los tiempos que corren.
La verdadera revolución para mí, fueron los primeros sonidos espaciales y electrónicos producidos por los sintetizadores, allá por los años 80. Jean Michael Jarre, con sus cantos magnéticos y los de Propaganda de Machineri, fueron los precursores. A partir de ahí, un sin fin de grupos, OMD; NEW ORDER; MECANNO; que revolucionaron la música nacida de la evolución de los sintetizadores y los instrumentos generadores de sonidos electrónicos basados en la síntesis de las ondas pcm, o sacadas de osciladores de frecuencias, que unas veces imitaban a los sonidos acústicos generados desde un módulo, pero que al poder ser modificados por filtros y por los componentes de las ondas, sacaban sonidos nunca antes escuchados.
Nació el techno pop. Música industrializada que me enganchó y sedujo, y que fue generando una corriente de especialización en las discotecas basada en una música de baile repetitiva y machacona que ha acabado produciéndose por los mismos dj, s por ser ellos los mismos los que al pinchar los discos en las discotecas cada vez más grandes, seleccionaban los discos, manejaban las tendencias y corrientes que surgían en todo el mundo.
El primer disco que me volvió completamente loco fue el de Dont’Go de Yazoo el segundo de su discografía, en el año 82, yo tenía quince años. El anterior "situation", contaba en la cara a uno de los temas de amor más interpretados de estas décadas, only you de Yazoo. Eran los primeros maxi-singles que salían al mercado con versiones extendidas de las que salían en los elepés. Y en los singles, discos de 8 pulgadas. El tema lo escuche tantas veces y a tal cantidad de volumen que mis vecinos se sabían el tema igual que yo. Esos sonidos de bajos que se rompían. Las voces llenas de efectos con rever y arpegios de sonidos electrónicos, junto con ruidos que cada vez se complicaban y evolucionaban más. ¡Era la locura absoluta!
Uno de sus componentes era Vince Clarke. Un monstruo de los sintetizadores que fundó Depeche Mode, con los que saco el primer lp y que abandonó para formar Yazoo con Alison Mollet, con la que obtendría grandes éxitos.
Fue una época de descubrimientos y de sensaciones única, supongo que cada uno tendrá las suyas propias. Pero para mí, era apasionante el hecho de esperar el siguiente disco de mis grupos favoritos que me volvían completamente loco. Ir al corte ingles semanalmente antes de salir por ahí. Buscar la última novedad, verlo de lejos y comprarlo antes que nadie. El olor del cartón. El vinilo totalmente virgen, sin rayas. Ponerlo en el plato. Escuchar el sonido del roce de la aguja con el vinilo. Escucharlo en casa y luego más tarde en los bares que frecuentábamos.
Coincidió también con la época dorada del pop español. Grupos más electrónicos, acústicos o ambos. Daba igual. “Los años 80”. Años importantísimos para la posterior evolución de la música moderna. Con grandes cambios musicales y sociales. Cambios en las formas y maneras de pensar y vivir. Evolución al fin y al cabo.
Para mí, durante mucho tiempo escuchar música y poseerla fue una necesidad más de la vida. Durante mucho tiempo, más importante que ninguna otra actividad, casi la única. Si exceptuamos las necesidades básicas generales, casi no tenía otra. Más tarde el pincharla en casa con mis dos technics 1210, para sacar mezclas con los discos ya poseídos y luego la necesidad de que otros la escucharan y la bailaran. Una adición que viene de la generación de sensaciones que provocan las frecuencias antes explicadas.
La palabra música generaba en mí, un sin fin de misteriosas emociones que llenaban absolutamente mi vida. Luego la amplificación de watios de esa misma música, y la evolución y búsqueda de nuevos sonidos, iba a ir forjando una mezcla de sensaciones que explotaría y tendría su cumbre con la evolución de las drogas de diseño con el éxtasis en los años noventa.
Con el alcohol la música la sientes muy fuerte, pero con los éxtasis la música, sobre todo electrónica, se te mete por todos los poros del cuerpo. La sientes desde la cabeza a los pies. Oyes sonidos que no escuchas de manera habitual pero que están ahí, y alcanzas una especie de nirvana con un cuelgue especial sobre los sonidos que escuchas.
Un lunes por la mañana hace mucho tiempo, después de todo un fin de semana sin dormir, como casi todos en aquella época de mi vida, cuando llegaba a casa satisfecho, pleno, lleno de sensaciones gratificantes, escribí lo que para mí era la música. Nunca pude imaginar entonces que serviría para formar parte, como párrafo, de un libro.
Los sonidos que componen un tema son como un conglomerado entrelazado de líneas, que se van uniendo y superponiéndose para hacer una sola carretera que acaban entrando y saliendo por un mismo túnel. Tú conscientemente eliges una de ellas y puedes sacarla del resto, coger otra y unirla, así hasta totalizar la mezcla. Puedes coger un charles y estar ahí arriba, o bajarte al centro de una caja, entrar en un bajo rítmico o pausado, o coger un piano y galopar por encima de unas bases sonoras percusivas. Y entre todo ese conglomerado estas tú, seleccionando lo que más te gusta, uniéndolo o deshaciéndolo a tu antojo. Ese ejercicio de concentración divide tú cerebro y lo parte en trozos, y es por esto por lo que la música te cuelga y te diluye.
En el plano social vas a una discoteca y te metes dentro de un altavoz por donde van a salir los sonidos separados cuidadosamente por los filtros de frecuencias, agudos, medios y bajos, saliendo una mezcla perfecta que te inundan y rellenan el cerebro. Horas y horas escuchando, secuenciando, disfrutando y bailando la música mezclada por un dj. Música, música, y más música. Hay veces que estás ahí metido horas, y parece que tan solo han pasado unos pocos minutos. Entre la música alta, el alcohol, las drogas, la gente a tu alrededor, pasas de un estado de consciencia, a uno de semiinconsciencia, que te hace desaparecer por breves instantes. Efímeros pero gloriosos instantes. Subiéndote por una espiral de sensaciones eléctricas, que te comunica con el centro del universo. Ahí si que sientes que hay un todo más allá de todo esto.
Pero al final, como todo en la vida, acaba siendo una adicción como otra cualquiera. Cada fin de semana necesitas repetir la operación hasta que adquiere la forma de rutina, y así, va perdiendo poco a poco el misterio que al principio antes te ilusionaba, motivaba, y un poco también te dominaba. Así es nuestra jodida condición.
C’est la vie.
El desfase es pasar los límites de la prudencia en estados alterados de la mente por el exceso de drogas, horas sin dormir, y cansancio. Ir más allá de los límites. Pero nadie, que yo sepa, puede decirnos cual es, porque es imposible saber los límites da cada uno. Todos somos distintos aunque exista una semejanza, asi que nadie conoce el de los demás, y cada cual se marcará el suyo propio. El único y último límite es la muerte, así que se supone que lo que haces es rozarlo sutilmente. Pero eso sucede cada vez que sales a la calle, coges un coche, o te comes más de veinte huevos duros, y no cuando lo digan los demás.
En estos estados, individuales y diferentes de cada uno, adquieres una especie de volatilidad etérea, donde el cuerpo va flotando y la mente vuela ligera hacia lo absurdo y lo ilusorio. Te ries sin parar y no se sabe si es de cosas que tienen gracia de veras, o ese estado alterado te hace reír de esas tontadas que no tienen ninguna gracia. La verdad es que la mente alterada con sustancias, se predispone para las risas y lo estúpido, sin importar el ridículo lo más mínimo, quizás un poco por la valentía que te dan, y la máscara y protección que ello te reporta. Un poco en el teatro es eso lo que ocurre, pero ensayándolo encima de un escenario. Te metes en un personaje que no eres tú, pero que utiliza tu cuerpo. En este caso no es, ni lo uno ni lo otro, aunque a veces sí que lo sea, en realidad, es una mezcla de todo, y en cada caso se experimenta de una manera distinta.
La mayoría pensarán si hubieran visto las escenas en las que se desarrollaban estas fiestas y los estados de los sujetos, que dan mucha pena. “¡Oi! Pobrecitos. Divertirse de esa manera. Con lo mal que lo van a pasar luego. Para divertirse no hace falta tomar nada. "Yo no necesito nada para divertirme” “Eso no es real” “La vida es para vivirla” “Di sí a la vida” Bla, bla, bla, blar el presidente….
Yo también he tenido esas sensaciones, pocas veces, cuando al pasar el tiempo he visto desfases de amigos y otras personas, reconocozco que algunos no muchos se han perdido, eran carne de cañon, pero allá ellos con sus circunstancias y sus consecuencias. En esos momentos lo hacen porque creen de veras que es lo que se tiene que hacer. Unas veces son conscientes y otras no. Unas veces crees que eso te llevará a algún sitio, y otras simplemente no te movera de donde estés.
La mayoría de las personas no aceptan que los demás hagan y prueben límites que no estén estructurados y ya marcados en la sociedad por el esfuerzo y el sacrificio. Solamente lo que ellos hacen es lo válido, y todos los demás se deben de someter a lo que a ellos les gusta, o por lo menos a lo que una gran mayoría hace.
¿Qué podéis decirme de que una persona se pega 180 Km. diarios en una bicicleta, encima de 5 cts. de sky, con almorranas crónicas? ¿Os parece muy bien, es una actividad muy plausible? Cuando ninguna persona normal lo podría hacer aunque le pagarán 100 millones de euros. ¿Y que alguien pierda los dedos por congelación al subir un 8000, o se muera en el intento? ¿Os parece estupendo y digno de elogio? ¿O que un torero pueda morir en el ruedo, o le coja un toro y este deseando volver a la plaza? ¿Es encomiable y denota valentía? ¿Que el señor alonso se puede jugar la vida en la fórmula uno? Porque morir siempre muere alguien en los circuitos cada cierto tiempo, es extraordinario. Y así podríamos estar todo una vida poniendo ejemplos sobre la muerte y la vida. Cualquier actividad humana que precise riesgo está en el mismo saco. Pero como las drogas matan, no se sabe si lenta, rápida, a trozos, o a cachos, que yo aún no he visto a nadie morir por tomar dosis razonables, y hasta en muchos casos inimaginables, y mira que he visto gente, dicen que te juegas la vida. ¿Qué vida? ¿La propia, la de uno? Ya no se sabe si es tuya o no. Pero como no es un deporte lucrativo en el que competir y ganar a otro sea la meta final de la lucha, aquí luchas contra ti mismo, y eso no se puede regular, pagar, ni hacer una liguilla, pues está prohibido, y no te puedes jugar tu vida, que no debe de ser tuya por lo visto.
¿Claro diréis y si va drogado y por ir drogado me clava un cuchillo? ¿O por ir drogado me mata con un coche? Pues hombre sería como pedir que no hubiera cuchillos y menos coches, así no podría suceder. La mayoría de los que se drogan no llevan cuchillos y no matan a nadie, y la mayoría de los accidentes de coches son más por imprudencias y por fallos en las calzadas que por el alcohol y demás estupefacientes, pero lo fácil es echarle la culpa al boogi. A parte inconscientes los hay hasta en una sopa de letras, en la í de inconscientes.
Las vidas de los escaladores, toreros, corredores de fórmula uno, patinadores y jugadores de ajedrez, hay muertos por tragarse una ficha en forma de caballo, si que pueden porque tienen fans acreditados y el ser campeón de lo que sea, es fenomenal, fantástico, sensacional, fascinante, increíble, soberbio, magnífico, esplendido, formidable, inaudito, increíble, bárbaro… sobre todo cuando machacas a tu oponente, enemigo, contrincante, rival, adversario, sacándolo a pelotazos de la pista por el tenista famoso de turno. Con el cual estamos todos con él, por ser nuestro compatriota, aunque no sepamos por qué van de 15 en 15 los puntos del partido, y lo más cercano que nos toca de una pista de tenis, sean las rayas blancas. Lo de las lesiones de los deportes de elite ni mentarlo, y menos lo de los centros espartanos de alto rendimiento, preparados solo con el fin de ganar una medalla cada cuatro años en los juegos olímpicos.
Bueno, creo que me he salido un poquito de la escena. Igual que ellos del partido. La cuestión está en valorar si cuando te ríes con sustancias, “otras sustancias” es real o no. Y si es real, ¿es sano o no? ¿Qué hay que hacer? ¿Como saberlo? Reírte con sustancias, o mejor, con algo natural que te haga reír, como un chiste, el teatro, o un payaso.
Para empezar todos tenemos un humor diferente que se crea con el tiempo y un bizcocho. Hay circunstancias que hacen que unos se rían de algo que a otros no les hará ninguna gracia, y al contrario. Influyen la inteligencia, las clases de humor, la escena, y la predisposición. Puedes ir a un teatro y si es algo surrealista no enterarte de nada y no sacarte ni una sonrisa. Puedes ver una película de Woody Allen y no reírte ni pizca, y yo que me encanta troncharme y disfrutar hasta con sus dramas. Por eso cuando te ríes con las drogas, muchas veces son risas tan reales como la vida misma. O incluso diría que la vida es tan irreal e ilusoria como las drogas. La valoración es personal y se hace con el tiempo. Cuando en ese juego las risas toman el cariz de rutina, ahí habrán acabado de hacer gracia, y tendrás que buscarlas en otro lado.
Yo recuerdo ese día de campo y otros tantos miles momentos, como si estuviera viviéndolo en esos mismos instantes. Huelo las hojas mojadas, oigo las risas a lo lejos, el olor del poper, los ruidos de la pelota al rodar por el suelo, las risas y las caídas al suelo de mis amigos, (“todos vivos”, “algunos con hijos”), las risas, el crepitar de las ramas húmedas, las risas, el ruido y olor de la carne asándose a la brasa, las risas, la carne sabiendo a gasolina, y otros muchos de los buenos momentos de aquel día. Momentos más que suficientes, como para anotarlos como un día positivo de "mi vida a toda pastilla".
PD. Ah y desués de muchos años aún no me he muerto.
Corría el año X de mi juventud. Edad unos veintitantos. Y mi cuerpo corría por entre árboles, persiguiendo una pequeña esfera de curtido cuero cosido en pequeños pentágonos, por un suelo totalmente empapado y resbaladizo de hojas caducifolias de esbelto chopo. Impregnados el suelo y yo como estábamos, por una fina pero constante capa de lluvia, surcaban mis piernas rápida y velozmente por entre los troncos , intentando coger al susodicho esférico para darle un puntapié y colocarlo entre los dos más altos de esos imponentes machos que simbolizaban una improvisada portería jurbol, dejando tras de si, o de mí una nube de hojas revoloteando graciosas.
Aunque lo más lógico y normal hubiera sido, que la primera esnifada de poper fuera consumada en un after, o en algún garito de moda, nada más leos de la realidad. Fue en ese día de otoño; de ese año X; lloviendo a mares bajo la leve e inútil protección de unas choperas de La Cartuja Baja. Pueblo de Zaragoza, en donde celebrábamos un maravilloso y mojado día de campo, con una alegre costillada.
¡Ole nuestros cojonazos!
En aquella época de juventud, donde todo lo que sucede, está fresco y suena a eterno, solo quieres experimentar sensaciones nuevas y no te importa lo más mínimo las inclemencias que el tiempo te pueda ofrecer. Son esas pequeñas locuras que haces cuando eres joven, dado que todo te importa un huevo. Cualquier excusa es buena para pasarlo bien. Divertirte con los amigos. Reírte lo más posible y no dar importancia al futuro.
¡Qué coño importa el día que salga! ¡Qué sale un día de perros, pues nos la trae al pairo! ¡Qué acabamos mojados y llenos de barro, nos la trae floja!
Nosotros habíamos quedado para hacer una costillada y pasar un día en el campo. ¡Y ya está! Pasase lo que pasase, llevaríamos a cabo nuestros planes. Partido de fútbol, botes de poper, porros, sangría y costillada. ¡Al frío y a las inclemencias del tiempo, que les den por el culo!
Allí estábamos nosotros, grandes, inmensos, altivos... ¡Mojados!
Cerca de las choperas, se encontraban las chimeneas para las barbacoas. Algunos se dedicaban a los porros, la sangría y el fuego, el resto al improvisado partido de fútbol dentro del pequeño bosque. Te pegabas una esnifadita del bote de poper, y te caías al suelo partido de risa. El que no esnifaba metía gol, los demás estaban por el suelo. Mojado suelo. Con lo que los goles corrían de una portería a otra como si de un partido de ping-pong se tratara. Al final, el partido dejó de tener la importancia necesaria, y más que seguir al balón, se seguía al portador del bote de poper para darle buena cuenta a los vapores, y así, reír sin parar cada vez que veías como uno fallaba al darle una patada al aire en lugar de darle al esférico.
El poper, para los que no sepan lo que es, es un vasodilatador coronario líquido, (nitrito de amilo), con un fuerte olor muy característico que se vende en los sex-shops. Viene distribuido en pequeños botes de cristal marrón a rosca, y se inhalan los vapores que emanan al abrirlo, hasta que se evapora y no queda líquido.
Por eso, cuando te pone las pulsaciones a doscientos por hora, la sensación que te da es la de hincharte por dentro como un pez globo, con lo que te da una fuerte risa provocada por el fuerte subidón de adrenalina tan intenso en pocos segundos. Igual que cuando al contarte un chiste, te ríes sin poder evitarlo.
Que decir tiene, que el fuego no había manera de encenderlo, ya que todas las ramas estaban húmedas, pero cuando ya todo parecía perdido, nuestro querido amigo Santy sltó por detrañs de unos arbustos con un gran petardo en la mano y dijo: "No os preocupis de nada". Se lanzó raudo y veloz hacia su "drogo móvil", como el llaba a su XR2, un Ford fiesta blanco, coche pijo por antonomasia, sacó una lata de gasolina y regó las ramas húmedas prendiéndolas hasta que el calor pudo secar una buena cantidad, y se pudo prender un pequeño fuego, quedando unas cuantas brasas, no muchas, pero suficientes para poder asar parte de la comida, que después de un buen ejercicio de piernas y abdominales por las risas del poper, entraron por nuestros grznates habrientos muy felizmente. Con un buen sabor a gasolina eso sí.
El poper, si no te lo tomas con otras drogas y alcohol en el cuerpo, tiene la insana manía de ponerte un dolor de cabeza bestial, ya que como estas forzando constantemente las dilataciones del corazón, te hinchas y te ríes, y te hichas, y te ríes y te hinchas, y te ríes, pues luego algún precio hay que pagar. En este mundo no hay nada que sea gratis. Sin embargo, cuando vas hasta el culo de otras drogas, alcohol incluido, te sube el pedo de lo que llevas por dentro, hasta el
infinito y más allá.
Y eso es lo que hicimos durante una larga temporada. Muchos domingos y lunes por la mañana, después de llevar dos días por ahí, sin dormir. Comprábamos un botecito de poper en algún sex-shop que hubiera de guardia y nos íbamos a casas, o a garitos a puerta cerrada, para subirnos el pedo hasta el mismo infierno. Incluso hubo un verano que muchos lunes por la tarde, que era el día que tenía fiesta en el garito que pinchaba fines de semana y entre semana de 6 a 10, que lo habrían para los militares que venian de Barcelona, acabábamos allí el pedo del fin de semana con sendos botes de poper.
Había varias clases de poper. El mejor de todos con diferencia, era uno de un bote marrón que llevaba un precinto amarillo. Los demás no estaban mal, pero casi no subían y tenías que comprar varios botes para que te hiciera algo.
Recuerdo infinidad de aventuras, de fiestas de desfase, en casas, garitos, chales, garitos, en pueblos, ciudades....con muchas risas, y risas, y risas y más risas.....
Me acuerdo de cuando sucedió, no la fecha exacta evidentemente, de esto hace unos cuantos años ya, pero sí del día y de lo que hicimos esa tarde, una tarde de viernes como otra cualquiera. De la primera es imposible ya que lo tengo bastante borroso y hubo varias en el mismo día. Contaría con veintiún o veintidós añitos poco más o menos. Fue en un garito llamado Mami Blue en la zona de Francisco de Vitoria que frecuentábamos con asiduidad por aquella época, ocurrió dentro del local en los almacenes. Con el tiempo, cuando ya éramos más osados y no temíamos que nos vieran delinquiendo las autoridades o nuestros compañeros fascistas, lo hacíamos enfrente del bar en la calle, donde había como una plazoleta entre dos urbanizaciones de pisos, y que en sus escaleras nos aparcábamos muchas veces cuando dentro de los bares de la zona no se podía estar de gente.
En esa tarde, nos metimos unas cuántas rayas o... “tiros”, como llamaban los pijos de la zona a las filas, un poco para hacernos los mayores, y otro mucho porque la cocaína comenzó a extenderse por toda la zona con una rapidez pasmosa, siendo utilizada por los disk-jokeys, camareros, amigos de los camareros, clientes, colegas, los amigos de los colegas, en fin, casi toda la gente joven que salía por la noche o estaba relacionada con ella.
Como he relatado en el capítulo anterior, los fachas “mayores”, que tanto habían estado en contra de la droga, comenzaron a manejar el cotarro dentro de sus locales donde se expansionó a todos los locales de moda, de toda la zona en primer lugar, y luego de toda la ciudad. Supongo que poco a poco comenzaría a pasar lo mismo por los barrios en un nivel inferior. Y me supongo que la delincuencia afincada en las barriadas, vería en esto una manera más rápida, más divertida y menos peligrosa de ganar dinero que la de atracar o robar, eso lo comprobé más tarde con amistades que hice de este tipo, con lo que su expansión llego a todos los rincones de la ciudad en poco tiempo.
Era curioso para un joven como yo, que se había movido en corrientes de ultraderecha donde estaban prohibidas, ver a conocidos, amigos y compañeros de armas, empezar a consumir sustancias hasta la fecha muy perseguidas, pero, ya que como todo el mundo lo hacía para que durara mas “el pedo” del fin de semana (colocarte con alcohol, o como en este caso otras sustancias), y coger “el pedo” siempre estuvo por encima de cualquier ideología, supero con creces cualquier barrera del pensamiento restrictivo que teníamos impuesto hasta la fecha.
Para salir por la noche ya no era suficiente con coger el pedo de alcohol. Tenías que colocarte con la reina indiscutible de la noche que surgió en aquella primera época, en cuánto a sustancias estimulantes se refiere.
Se creo un halo de misterio ante tal compuesto, aparte de por lo prohibido del asunto, por lo que te hacía sentir; más seguro; más suelto; con fuerza, y esos miedos que existen a relacionarte con los demás, desaparecían por completo, yo lo comparo con lo que le sucede a Clark Kent cuando entra en una cabina y sale hecho un “superman”, con capa y pantuflas, es algo por el estilo.
La mala fama que nos había metido en nuestras débiles cabecitas la derecha Española durante años sobre estas sustancias prohibidas, formaba parte de ese muro que había que flanquear sigilosamente. Como he relatado en el capítulo anterior, los que te decían que eran malas, se ponían hasta el culo, a escondidas evidentemente.
La expansión que tuvo fue brutal, en parte gracias a la independencia económica de los jóvenes, y también a que en aquellos tiempos los socialistas legalizaron el consumo. Si era poca cantidad la que llevabas encima era legal. Así que… “ancha es castilla”. Te metías rayas encima de las barras de los bares con los locales abiertos y sin que nadie te dijera nada, podías hacerte porros en la calle, en los clubes. En los baños de las discotecas había colas que llegaban hasta las puertas, todos con las papelas en los bolsillos esperando para enchufarse dentro con la puerta cerrada, o en las encimeras de los lavabos. Recuerdo cientos de fiestas a puertas cerradas dentro de los bares, con dueños, con los camareros, con los dj, s, con…
Esto, lo de la libertad de expresión y acción, conforme el consumo creció, se fue poco a poco, reduciendo y persiguiendo, más que persiguiendo controlando para que no se notara tanto y para que la hipócrita, moral y bien pensante sociedad, no fuera desengañada de sus cuentos estúpidos de hadas y duendes. Sobre todo se pusieron un poquito duros, al decretar la estúpida ley Corchera. Y a raíz de las cantidades de programas que salían por televisión sobre las rutas del bacalao en Valencia, por la gran cantidad de reportajes sobre el Éxtasis en la isla de Ibiza y por las declaraciones de jóvenes que se pegaban días enteros de juerga sin dormir los fines de semana. Lo de no dormir en todo el fin de semana sigue ocurriendo hoy en todas las ciudades con mucha mayor cantidad de personas, pero también es cierto que muchos se meten un poquito y duermen y comen al día siguiente, también cada vez más.
El choque fue brutal. Todos comenzamos un poco escondiéndonos por miedo a ser descubiertos por los amigos que todavía no la habían probado, o los compañeros de correrías fascistas que no asimilaban el cambio que se preparaba, aunque no les quedaba más remedio que aceptarlo. Lo cierto es que te sentías distinto, como si fueras un poco el malo que siempre quisiste haber sido entre tanta represión sin sentido. Todas las nuevas amistades que comenzabas a conocer se enchufaban en mayor o menor medida. El que no fumaba porros, se metía speed, el que no pastillas, el que no trippis que eran más baratos, pero todos en definitiva se metían algo ilegal los fines de semana para salir de marcha. Siempre se ha dicho que todo lo bueno es ilegal o engorda.
El precio del gramo oscilaba entre las 14.000 pesetas hasta las 18.000, dependiendo por supuesto del contacto y del corte, y hablamos de las de hace 20 años. Por eso, se produjo como una especie de elite entre sus consumidores, ya que no todo el mundo podía permitirse esos precios. O tenías mucho dinero, te gastabas el sueldo que ganabas de camarero, o al final lo más sencillo era acabar traficando con los amigos o clientes del bar.
Al principio te metías una raya o dos en toda la noche, puesto que lo ibas incorporando poco a poco al pedo normal de copas de cada noche, con lo que tampoco te gastabas mucho. Comprabas medio gramo para dos o tres y te metías tres rayas mezclándolas entre medio de los whiskys de siempre. Pero claro, el consumo de coca se hizo mayor, con lo que el de los whiskys también. Cuánta más farlopa te metías, más cantidad de alcohol podías ingerir, y así sucesivamente.
Aquí voy a poner un ejemplo claro de lo equivocadas que están muchas informaciones sobre las drogas. De todos los amigos de aquella época, y no me voy a referir a los conocidos que podían ser unos 50, de esos casi todos acabaron metiéndose y están todos vivos, hablo de “la cuadrilla de amigos” que se dice; esos 7 u 8 que estuvimos manteniendo una relación más directa y que todos comenzamos a probar la coca a la vez. 3 de ellos enseguida dejaron de salir con nosotros y se casaron a los pocos años, tienen hijos, uno de ellos separado, otro casado sin hijos, pero todos vivos. De los demás que seguíamos utilizándolas y probando las nuevas drogas que llegaban a nuestras manos, 3 siguieron durante unos años más con nosotros, hasta que se fueron echando novia, cambiando de vida y dejando nuestras mismas sendas, aunque no les he perdido la pista del todo, también están bien. Con los 2 restantes sigo teniendo relación y buena, también están vivos y han seguido durante todos estos años como yo, saturándose de todo tipo de drogas, o utilizándolas de vez en cuando para salir por la noche. Ninguno está muerto, ni está en un frenopático, y no necesita ni más ni menos un manicomio o psiquiatra que cualquier persona que haya estudiado una carrera, o trabaje en una fabrica. Son personas, iguales a cualquiera que va por la calle, con sus miles de problemas normales que rugen diariamente dentro de sus cabezas. De hecho, uno de ellos está casado y tuvo una bonita niña el otro día. ¡Ah! Y yo, que creo estoy vivo, o por lo menos eso parece…
Al escribir esto, recuerdo claramente el olor como a medicamento de cuando habrías la papela, pero no malo, sino del que te cura. Recuerdo que al esnifarla por la nariz, notabas como te pegaba justo en el centro del cerebro por detrás de los ojos, luego la sensación de tener la boca dormida al tragarla y como bajaba por la garganta dejándola anestesiada. La mezcla del güisqui con coca-cola y la coca al beber. Las palpitaciones del corazón al sentirla correr por tu venas, y sobretodo las ganas irrefrenables de moverte, bailar, hablar con los demás, hacer amigos perdiendo el miedo a relacionarte con otras personas que no conoces, el buen rollo en definitiva.
Realmente al principio es así, si te metías poquito estabas muy bien, despierto, alerta, no perdías el control en ningún momento, pero luego la ansiedad de meterte más y beber más, te podía totalmente, y ahí empezaban los problemas, en parte por lo que vale y en parte por no tener un fin claro. Claro que el final lo debes de poner tú, con tu propia personalidad, con tu fuerza de voluntad, y sino puedes ponerle fin, pues te buscas un buen psiquiatra o psicólogo que para eso están.
Hoy en día cada vez más gente las utiliza de esta manera. Un poquito para funcionar y a casa a dormir.
Conforme creció su consumo, mayor número de personas se dispusieron a dispensarla de forma fraudulenta, no sin antes sacarse un suculento beneficio, la mayoría de las veces simplemente transformado en polvo que se evaporaba por sus narices. Alguien de un grupo de amigos más cercano, de 5, 6 o 10 personas, el más lanzado, el más interesado o el más necesitado económicamente, cogía a pufo para todos y se sacaba su parte gratis. La mayoría de las veces no llegaba a sacarse su parte porque se acababa metiendo más de lo que debía al no controlar sus dosis, o por no cobrar a los amigos, que es el principal fallo en el sistema de contabilidad. Los “rotos” como se llamaba a este echo se daban por doquier. Un amigo te hacía un “yate”, ya te pagaré mañana, otro te hacía un “roto”, que te lo pague otro, otro un “pufo” que te lo pague papa pitufo, y con este sistema imperfecto y que tantos agujeros poseía en su composición, se fue gestando la telaraña del sistema económico y de distribución de las sustancias ilegales. Tenía fallos desde su nacimiento, está claro, pero no teníamos otro, y al fin y al cabo como daba alegría y felicidad a la gente, que es lo que importaba realmente, lo utilizamos con alegría y esperanza. Con la esperanza de llegar a final de mes sin un roto importante. La verdad es que era la hostia llegar a cero de deudas todos los fines de semana, pero eso hizo que bajaran los precios, y también haciendo más complicado conseguir buenas sustancias que no estuviera cortada dos o tres veces por los “colegas” “traficantillos”.
Durante mucho tiempo el precio se estabilizó en las 14.000 pelas el gramo, bajando luego a las 12.000, hasta que nuestros propios amigos empezaron a moverla a precios de escándalo. 4.000 o 5.000 casi sin cortar. La cortaban con productos dietéticos como aminoácidos, buenos para la salud de los que la consumían y bueno para nuestros bolsillos. Sacabas casi el doble de cantidad, seguía siendo buena y la vendías barata a 10.000. La cocaína muy pura te da unas taquicardias que te mueres, por eso hay que cortarla para consumirla. Yo he estado un par de veces de sobredosis y no mola nada. La primera vez porque un amigo estuvo con sus padres en Colombia y se trajo 50 gramos sin cortar entre las piernas. Durante un mes, fue el rey indiscutible de la noche, todo el mundo quería probar su farly (cocaína cariñosamente hablando). Me invito a una raya coincidiendo en un baño de uno de los locales que frecuentábamos, y estuve más de una hora sin poder hablar. Otra vez, en una noche vieja, nos metimos doce rayas en lugar de las doce uvas, y estuvimos más de dos horas sin poder pronunciar palabra en un garito que trabajábamos todos en doctor cerrada.
“El costo es la droga de los pobres”, les oía comentar muchas veces a pijoteros gilipollas niños de papá, a los que la “farlopa”, (cocaína), les hacía mucho más gilipollas aún, si cabe. Lo cierto es que los primeros que empezaron a meterse fueron los fachas más radicales, no todos, pero casi todos. Los pijoteros del PP, (AP en aquellos años), nos miraban con desprecio, hasta que pasados unos años, no muchos, comenzaron a ponerse de pastillas hasta el culo y a traficar de la misma manera que todos nosotros antes.
La palabra traficante la verdad es un poco insultante. Todo el que consume, le pasa una china a un amigo o un poquito de lo que sea para que disfrute, y no por ello es un traficante, aunque para el estado sí, porque estas cometiendo un delito contra la salud pública. Pero… ¿Qué es la salud pública? ¿Y la privada, o mejor dicho, personal? ¿Por qué presuponen que te vas a poner hasta el culo siempre, o que te vas a volver loco hasta que atraques farmacias o te mueras? Bueno, sería lo mismo decir que cuando le dejas un libro a un amigo para que lo lea, en el fondo eres un traficante de libros. O cuando le das un mordisco de una hamburguesa a un amigo, eres un traficante de grasa saturada y le vas a crear una obesidad galopante porque no se va a poder controlar. De hecho hay unos cuántos obesos que no se controlan… ¿no? O cuando le pasas a alguien un cuchillo para cortar jamón, eres un traficante de armas, porque el estado puede pensar que vas a matar a alguien con ese cuchillo, de hecho se puede ¿No? ¿Con un cuchillo en la mano y las circunstancias apropiadas todo el mundo puede ser peligroso? ¿No? Bueno, cosas de la vida.
A raíz de este cambio en el comportamiento noctámbulo, de alargar la noche todo lo que se pudiera gracias a las sustancias que te quitaban el sueño, la discoteca de moda de entonces “Pacha”, ubicada en la calle Sevilla, en lugar de cerrar a las 5.30 comenzó a cerrar a las 8.00 y el “KWM” de Fdo. El católico, por el volumen de gente que todavía aguantaba un poco más, alargó su horario primero hasta las 10, luego hasta las 11 y finalmente a las12 del mediodía, horario que se ha mantenido desde hace unos quince años. Qué momentos tan inolvidables, salir de una discoteca bien colocado y más fresco que una lechuga a las 12 del mediodía de un domingo cruzándote con las familias que van a pasear al parque primo de rivera.
Con el tiempo descubrí, hablando con disc-jokeys de otras discotecas más orientadas a personas mayores, que no tenían una repercusión juvenil grande, que la cocaína ya se movía en la noche hacia mucho tiempo, pero eran en sitios muy concretos y muy relacionados con puti clubes alejados del populacho o la gran masa.
También las anfetaminas, utilizadas por los estudiantes para estudiar y sacarse sus carreras, (¡Ah! Pero como eso de estudiar es algo digno… no se debe pero se hace), comenzaron a meterse en la noche junto con los trippis y los éxtasis. Todo ese conglomerado de drogas a las que por primera vez accedían jóvenes con poder económico o no, explotaron gracias a un estilo musical nacido del acido o trippy (LSD 25), y la pegatina del smile como símbolo de felicidad, llamado “Acid house”. Ritmos hipnóticos electrónicos repetitivos que con las luces de las discotecas y las nuevas drogas de diseño, arrastraron a los jóvenes que solo querían divertirse sin las responsabilidades cotidianas de estudios y trabajos rutinarios de entre semana, a alargar las noches primero hasta las 10 de la mañana, más tarde hasta las 12 del mediodía y luego hasta que el cuerpo aguantase gracias al cokctail de drogas, música y alcohol todos los fines de semana.
Mi novia de aquel entonces, facha también como todas las de mis amigos, hija de padre y madre facha, no le hacía ninguna gracia las nuevas sustancias de diversión que empezamos a utilizar, así como tampoco en mayor o menor medida a todas las otras novias de mis amigos, exceptuando alguna que también se ponía. Esto originó una vorágine de ir a comprar a escondidas al portero de la discoteca de moda de la zona llamada Yuppies, con la contraseña. “Está Julio por ahí”. “Está arriba en el almacén”. “Espera un momento y sube conmigo” Así nos suministrábamos “el polvo blanco” en nuestros primeros tiempos. Nos escondíamos de las señoras metiéndonos las rayas cuando no se enteraban, en los almacenes de los garitos, con escapadas a los coches, o a una casa cercana de un amigo que vivía a 5 minutos de allí, etc. Este comportamiento sigue sucediendo en menor medida, en las altas esferas de los pijos de Zaragoza, Madrid, y Barcelona y entre muchos de mis amigos que se casaron hace muchos años que todavía hoy cuando quedan a celebrar algo, se esconden y se enchufan sin que sus mujeres sepan nada. Aunque muchas de ellas ya eran las novias de ellos en aquellos tiempos cuando nos poníamos hasta el culo todos los fines de semanas. Lo cual me lleva a pensar que hay gente que vive con personas a la que no conoce de nada. Siempre este hecho me ha parecido de lo más curioso. Relaciones basadas en las mentiras sociales para no llegar nunca a saber quién es la pareja con la que vives y te has casado.
La cocaína nunca me gustó de verdad, lo que con el paso del tiempo he comprobado que ha sido una gran suerte, porque al que le gusta de verdad, es como la heroína, que no tiene fin, sobre todo si tienes pasta. Te engañas a ti, engañas a todos los que te rodean, y te pules la fortuna que haga falta. Pero creo que va un poco con los caracteres de cada persona.
La cocaína tiene algo extraño. Si te metes poca esta bien, pero luego te da la ansiedad de meterte más y más, y si te excedes no encuentras el fin del asunto. Los que se meten mucha en poco tiempo los deja como atontados, pero con la cabeza despejada y clara para decir y hacer tonterías sin sentido. Aunque hay rasgos comunes generales, esto en cada persona es distinto totalmente.
Los que se meten cocaína para colgarse se quedan en un estado de inanición, con el cuerpo estático y la mente suelta completamente, por eso les gusta. Los que la utilizan para estar chuleando de sus propiedades o de sus vanaglorias artísticas o emocionales, les va que ni pintada, sobre todo a los pijoteros, ya que les hace creerse cosas que no son, las sueltan a los demás, se enorgullecen, y se crea una corriente de regreso en esas vanaglorias y halagos mutuos.
A los que son mentirosos compulsivos los eleva al estado del absurdo, porque sus mentiras alcanzan grados supremos. Y a los “porque yo” como yo les llamo, “porque yo, porque yo, yo, yo, yo soy el mejor, yo tengo el mejor coche, yo, yo, yo tengo las mejores mujeres, porque yo, porque yo…” los hace los reyes del universo, de “su universo”.
Como he dicho antes la farlopa o cocaína no me gustaba nada, aunque tampoco lo sabía entonces porque no la podía comparar con otras sustancias. Hasta que no probé el éxtasis y vi la diferencia de sensaciones que en mi reportaba, no sentí la necesidad de dejarla totalmente de lado. La diferencia sustancial de sus efectos era brutal, por lo menos para mí. Hubo varías veces que me llevaron a decidirme a dejarla, aunque siempre caías por la inercia de los demás, primero porque el éxtasis era la felicidad absoluta, plena, pura, luego porque la cocaína me rayaba un montón, estuve dos veces de sobredosis y muchas con el cerebro desbocado sin poder controlarlo, lo cual yo veía que eso no tenía nada de divertido y me hizo tomar la decisión de dejarla. Hubo un día, en un cumpleaños de un amigo, que cogió un saquete bastante considerable, y que como todo el mundo se ponía, pues por pura inercia me metí una considerable raya, aún a sabiendas que no me gustaba ya y no me sentaba bien, así que dije hasta aquí, y nunca más volví a probarla, exceptuando solo una vez que lo hice con el mismo resultado. Unos pilares, después de dos días sin dormir y porque ya no quedaban otras drogas. Las dos veces con el resultado de: <<“no lo volveré a hacer” 1. “repetir otra vez” 0 pelotero>>.
La última vez como digo, fue en el final de las fiestas de un pilar que llevaba sin dormir desde el sábado. Lunes de madrugada en la casa de un amigo. Me la metí, después de prepararme un cubata porque ya no quedaban otro tipo de drogas y algo había que hacer. Sabía que no debía, pero me la jugué. Nada más metérmela, y mira que ya habían pasado unos cuántos tiempos desde la última que había dicho que nunca más, se me empezaron a cruzar los cables y me fui totalmente rayado a mi casa. Así que esa fue la definitiva, y desde ese día nunca más se supo de la farlopa dentro de mi organismo.
Lo cual nos lleva a la conclusión de que nadie se muere ni por una, ni por dos rayas, ni por un gramo ni por dos gramos, ni por diez, habrá un comienzo en el contacto, habrá una rutina de descubrimiento en el tiempo y habrá un final… como todo en la vida. ¿Qué se pasa mal? Pues sí, algunas veces sí, para que vamos a engañarnos. ¿Qué te da problemas? Pues a veces también, pero los resuelves como mejor sabes o puedes, y así aprendes de ti mismo y de lo que te rodea, que no es poco. Pero también es cierto, que otras tantas te lo has pasado tan bien y tienes tan buenos recuerdos, y has hecho tantas risas con tantos buenos amigos, que al fin y al cabo no son más que experiencias de la vida misma, unas veces buenas y otras no tanto. Y si no, que se lo digan a Maradona, la de gramos que han caído dentro y a su alrededor en las fiestas. Si, ya sé que diréis que lo ha pasado fatal. ¡Claro que lo veis llorar delante de una cámara arrepentido! Como no. Como todo el mundo, pero en el fondo sale ahí, fingiendo muchas veces porque es lo que todos queréis ver, porque no lo entendéis y no lo podéis aceptar, pero cuando se enchufa, las veces que le da la gana, se ríe en vuestra puta cara, porque primero, tiene todo el dinero del mundo para hacerlo, y segundo porque es un dios, y los dioses hacen lo que les sale de los cojones. Así ha sido hasta hoy, y así será para siempre.
Sí, tuvo que ser a la sombra, mis amigos de aquella época y yo, escondiéndonos de las personas mayores que eran nuestros mentores en la defensa de la madre patria, y que nos dirigían en nuestras maneras de pensar y actuar. En aquella época juvenil entre los 15 y 16 años, empecé a tontear con la política. Un poco como casi todo el mundo hace, por ignorancia, y otro por ese arrastre que se siente de copiar lo que otros viven antes que tú. A esa corta edad sientes la necesidad de seguir a los que ya están aquí, que te guían por los caminos por donde tú vas a viajar, es ley de vida. Para que luego digan que no somos animalicos, es lo mismo que hace cualquier ser vivo en la naturaleza con el único fin de sobrevivir, copiar a sus hermanos mayores en las artes de caza y reproducción.
En mi caso supongo que por mi natural manera de ser de buscar experiencias límites, me uní a ciertos grupos de ultraderecha, un poco por lo que he dicho antes, y otro porque en la desbordante juventud tenías que pertenecer a algo. Ser distinto y desmarcarte de la gran masa. Lo que no sabes es que acabas siendo parte de otro tipo de masa, con otro tipo de reglas que para lo único que sirven muchas veces, es para manejarte solo con fines económicos.
En mi colegio de curas, había más fachas que rojos, ya que era un colegio de pago donde cursaban estudios hijos de militares, de profesionales adinerados con ideas políticas de derechas, conservadores unas veces y otras más o menos radicales.
En aquellas épocas los partidos más importantes de derechas eran: Alianza Popular de Manuel Fraga, Fuerza nueva de Blas Piñar, Falange Española y de la JONS, (el partido de la Falange de siempre) y Cedade, circulo español de amigos de Europa, que era el partido nazi español, y luego montones de partidos que iban naciendo poco a poco de las disputas entre los que ya estaban, típicas luchas por el poder que suceden en todas la pirámides, que como siempre pasa en la vida del ser humano, acaban buscando enemigos, estén cerca o lejos. Eran cuatro gatos, estaban en contra de todo, y encima no se podían ver entre ellos.
En mi familia nunca han sido nada políticos, si que he tenido familia militar de derechas, pero tampoco que yo sepa han tenido ideas políticas muy activas. Mis inclinaciones políticas de aquella época las tenía que mantener en secreto, lo cuál le daba también algo de misterio y gracia al asunto.
En Zaragoza las zonas de marcha y disfrute, de pubs y discotecas, se dividían en diferentes sectores de la ciudad, comprendiendo unas cuántas calles que albergaban diferentes locales de marcha y donde todos, tenían diferentes connotaciones políticas. No había elección, o eras de un bando o de otro y era bastante difícil mantenerse al margen. Evidentemente la gran mayoría intentaban no comprometerse con los más radicales y pisaban diferentes locales ubicados dentro o fuera de las típicas zonas de marcha más o zonas más neutrales. Pero las zonas que existían, de una manera u otra, estaban unidas a la política, tanto por que sus dueños tenían esas inclinaciones o porque al estar dentro de diferentes zonas, los clientes que los llenaban acababan por llenar el local de un tipo o de otro. Las zonas eran de rojos, de fachas, de porreros y jonkis, de heavis, de macas, de gente de las barriadas, en fin de todo un amplio espectro de la sociedad de entonces.
La zona “facha” se ubicaba entre Francisco de Vitoria, león XIII, General Sueiro, y Pedro María Ric, adornados los límites del extrarradio con sendas pintadas que marcaban el territorio. “ZONA FACHA, NI ROJOS NI MACARRAS”. Muchos de aquellos locales todavía siguen en pie y abiertos algunos con otros nombres, y muy pocos ya, con los originarios. A esa zona de bares, se le sigue llamando “la zona” entre la juventud.
Mis amistades del colegio marcaron mis primeros años de la vida de la juventud entre movimientos fascistas y neonazis. Primero porque en mi clase había muchos hijos de personas relacionadas con estos movimientos y segundo porque en sus zonas de marcha, gracias al nivel económico de sus familias, tenían las mejores chavalas, los mejores coches y las motos más rápidas. Se organizaban fiestas a lo grande en sus chalets familiares, entrabas gratis en las mejores discotecas, y tener un trato de preferencia en los mejores pubs de la “zona”, lo cual te hacía sentir importante y diferente.
En estos ambientes las drogas estaban prohibidísimas. Era poco menos que pecado mortal. Eso sí, el alcohol corría a raudales. Nosotros éramos los pequeños de las ordas fascistas, y nos aleccionaban desde que eras un pequeño cachorro para servir a la madre patria con no me acuerdo ya con no sé cuántos postulados que nos metían en nuestro cerebros vacíos en mítines y demás congregaciones “los de arriba”, o como nosotros les llamábamos “los mayores”. Nos inculcaron grandes ideas estúpidas, que en el fondo son las de siempre que utilizan en las diferentes ramas políticas, me da igual que sean de derechas o de izquierdas, son iguales en todos los diferentes partidos. En este caso se marcaba por un amplio sentido del deber a la patria y las obligaciones de defender nuestra tierra y raza de las ordas rojas y anarquistas enemigas. Canciones patrióticas y diferentes enseñas militares, banderas y demás artilugios completaban nuestra educación. Las banderitas de los relojes, los adhesivos para las carpetas, los brazaletes, las banderas, las camisas militares, toda una parafernalia que rodeaban estos crepúsculos, y entre todas ellas, la de que las drogas era una amenaza contra nuestra juventud, que corrompe y daña a nuestros vástagos. En realidad con el tiempo comprobé que era más bien porque al darte libertad de pensamiento mandabas a la mierda todas esas estúpidas ideas nacidas hace muchos años en sistemas de luchas por el poder y el dinero de las naciones. Y con esto se les acababa el chollo a los que tenían montado el negocio.
Por eso cuando fumábamos porros, teníamos que hacerlo a escondidas. Con el paso del tiempo, nos enteramos que los mayores, llevaban años pegándoles palizas a los porreros y drogotas, para quitarles las drogas y luego metérselas ellos en fiestas privadas que luego se corrían en secreto, con el consiguiente desengaño por mi ingenua e influenciable persona cuando fui consciente de todo eso. Había sido engañado con premeditación y alevosía, estaba enfadado ya que yo creía ciegamente en lo que predicaban, y eso duele, cuando te das cuenta de que todo en lo que crees no son más que mentiras sermoneadas por personas que te utilizan para sus intereses personales, saltándose ellos mismos todas las reglas a su conveniencia. La vida es un poco eso, mentiras que te cuentan para utilizarte y luego si quieres estar por arriba de los que vienen, tienes que aprender las reglas del juego y mentir a los que vengan detrás para aprovecharte tú. Al fin y al cabo supervivencia pura y dura.
Si que es cierto que no eran la mayoría, pero sí los que manejaban el cotarro, dueños de bares, de negocios varios como fabricas de cazadoras, que todos llevábamos, de jabones que vendían a los bares, empresas dedicadas a diferentes negocios muchas vinculadas entre sí. Había personas que creían en todos los postulados patriotas y todas las teorías políticas fascistas y nacionalistas, y que incluso algún pequeño sector, todavía creen en ello, aunque por lo que he podido saber luego, siempre llevándolo a un plano mucho menos radical.
En el fondo la política es otro tipo de droga que engancha igual que las drogas ilegales que tanto critican. Los mítines donde un orador te dice cosas que tú quieres oír, o que te han dicho que debes de creer, donde se te ponen los pelos de punta cuando todos, una gran masa que piensa como tú gritan al unísono, cánticos y demás sentencias verbales. Al fin y al cabo química que se mueve en el cerebro.
La verdad es que la mayoría de aquellos que nos dirigían, con el tiempo se metieron en el mundo de la drogas, y han acabado manejando el cotarro de la cocaína, pastillas, etc, Incluso sé de algunos que siguen estando en contra, pero como es un buen negocio lo ejercitan sin más. También sé de casos que montaron empresas de seguridad que si no contratabas sus servicios, ellos mismos eran los que te robaban. El ser humano y sus “mafias”, o sistemas de control.
No recuerdo exactamente el primer día que lo probé. En nuestra pandilla hubo unos cuantos que empezaron a tontear demasiado pronto con las drogas, hijos de personas muy metidas en las organizaciones fascistas, de los que nos separamos en seguida por ir demasiado deprisa. Yo y otros amigos no nos sentíamos tan atraídos por ellas, principalmente por la influencia de la ideología que teníamos registrada en nuestro archivo cerebral. Tantos años luchando por unas ideas, con un rechazo absoluto sobre las drogas, y de repente empezaron a expandirse entre nuestros camaradas y amigos.
Recuerdo verles fumar, cuando empezaron a comprar y todavía salíamos con ellos, en los bajos de residencial paraíso, una zona de casas ubicada en el centro de Zaragoza, con diferentes locales comerciales y de marcha en los patios interiores, y nosotros estar allí mirándoles como fumaban para colocarse. Les observábamos como lo hacían, como cumplían con todo el ritual y nosotros a regañadientes les permitíamos que fumaran. No recuerdo si fue allí, en alguna escapada de aquellas donde le di la primera calada, creo que no, porque yo todavía lo tenía claro. Si que es verdad que poco a poco surgió esa curiosidad en todos, ya que se estaba convirtiendo en algo normal. Tampoco recuerdo cuando cambie de opinión, me imagino que sería algo en común, de todo el grupo que íbamos juntos.
En unas fiestas del pilar, fuimos a comprar unas posturas para fumar solo antes de ir a la zona, porque por supuesto allí estaban prohibidas. El pedo del alcohol si que se permitía porque te envalentona y así podías ir a pegar a la gente que no pensaba como tú. Lo que sí que nos enteramos más tarde es que casi todos los pequeños subgrupos de amigos hacían lo mismo. Se salían de la zona o se escondían en casas para que no los vieran y luego con el pedo, una vez fumado el costo, bajaban a los bares.
Lo primero que me atrajo del costo era como olía. Me encantaba. Y ese sabor que se quedaba en la boca con el consiguiente aroma que quedaba alrededor. Y por supuesto el colocón que te daba en el cerebro.
La primera vez que compré, yo hice de recadero. Nos lo consiguió uno que iba a la clase de al lado de la mía, que llevaba bastante tiempo fumando los fines de semana, que me acompañó a un bar de la zona del gancho, donde vendían. El nos enseño a liarlos y nos tuvo que dejar algunos hechos para poder fumar en esa misma tarde.
Empezamos a hacerlo solo en fechas señaladas, pilares, navidades, con el fin de coger algo más de pedo que con el alcohol, por supuesto siempre tapando el asunto para que no se enteraran los mayores.
Empezamos con el costo, ya que se supone que era un poco menos peligroso, más fácil de conseguir y más barato. Por supuesto las anfetas y la heroína estaban hechas para los punkies y los yonkis y la cocaína era algo muy lejano que solo se movía por los ambientes de putiferios.
La expansión de la cocaína en primer lugar y las demás sustancias, surgió cuando subieron los socialistas al poder y legalizaron su consumo. Las manifestaciones fachas del 20-N en Madrid y demás ciudades fueron perseguidas y poco a poco cayeron en el olvido, así como todos los actos y el fin de los partidos de ultraderecha. Enseguida los éxtasis, los trippis y las anfetas comenzaron a meterse en los ambientes nocturnos expandiéndose con una rapidez absoluta y acabando con la política radical de derechas, ya que todos los que estábamos en esos movimientos políticos, que en el fondo lo hacíamos más por la juerga que por las ideas, acabamos metiéndonos en los mundillos de las drogas, unos manejando el cotarro y otros consumiendo a saco paco.
Me es totalmente imposible recordar cual fue el primero y cuando sucedió. Son épocas de descubrimientos y experiencias tan lejanas y tan borrosas ya. Supongo, que contaría con una edad de entre los doce o trece años más o menos, la misma que cuando empecé con el alcohol y los tocamientos pecaminosos. Me puedo aventurar a pensar que sería al darle unas caladas al cigarrillo que algún valiente compañero de clase o algún hijo de amigos de la piscina privada a la cual íbamos, robara a sus padres o a los hermanos mayores.
Pitillo sacado con sigilo de las bolsas donde se guardaban los enseres piscineros para pasar tan magníficos y largos domingos. Y así, después del pequeño hurto y alejándonos de la autoridad familiar escondiéndonos entre los arbustos que rodeaban las piscinas fumáramos con descaro saltándonos las normas y mirando nerviosos por entre la maleza vigilando para no ser descubiertos con grandes nervios en el estómago como el que está a punto de cometer su primer delito criminal.
También es posible que hubiera podido ser cuando le robaba a mi madre cigarrillos de una pitillera que tenía en el salón de la casa a modo de ofrecimiento para las visitas. Mi madre nunca ha fumado, solo lo ha hecho como un acto social, acompañando a los familiares o amigos en las tertulias cafeteras que se tienen al principio de las formaciones de los grupos familiares, pero eso sí, sin tragarse el humo. Original la mujer ¿no?, pues así es mi madre.
Recuerdo como tenía que coger los justos para que no se notara la perdida y estuviera la pitillera siempre decentemente llena. Salir del salón corriendo y fumármelos a escondidas en la galería de la cocina como un furtivo, tirando la ceniza para no ser descubierto a la tierra de las macetas que allí había y tapándolas en los agujeros hechos con mis dedos, me volvía completamente loco.
Me inclino a pensar que seguramente fue más bien por lo primero, por alguien que ya iniciado te adentra en esos oscuros caminos. No obstante, las dos opciones son igual de atrayentes por lo prohibido del asunto. Qué ignorantes son los padres, no se dan cuenta de que precisamente lo prohibido es lo que te lleva a ello.
El sabor que se quedaba en la boca me resultaba agradable, así como la introducción del humo y la sensación que se quedaba de mareo en la cabeza. Sobre todo, ese gustillo como ahumado entre una rama de árbol recién encendida y una brasa de barbacoa, sabor que sale de las primeras caladas que se le da a cada cigarrillo cuando se enciende.
Los fumaba a escondidas y me iba corriendo a tumbarme en la cama de mi cuarto, que estaba justo al lado de nuestra galería, para así disfrutar del mareo que corría por mi cerebro y luego por el resto del cuerpo. Eran sensaciones nuevas que me atraían sin remisión.
Más adelante el hecho de fumar entre los amigos se convirtió en algo así como una posición de estatus dentro de la manada. “Si fumas eres más mayor y ya no eres tan crío” “Si fumas eres más adulto” “Si fumas, simplemente eres más…” De hecho si en grupo de amigos fuman la mayoría y tú no, te sientes diferente y a esas edades de experimentaciones no gusta en absoluto porque no te integras.
Recuerdo comprarme paquetes de fortuna de cartón blando cuando iba a las fiestas del pueblo de donde era originario mi padre. Ir al estanco, una casa privada con una salita donde se expendía el preciado producto y sentirme mayor por el hecho de comprar un paquete en el estanco con dinero de la propina y llevarlo en el bolsillo como si fuera un tesoro. Era todo un ritual en el que te creías una persona mayor al ser poseedor de tan deseado elemento. Recuerdo mirar a mi primo en las peñas donde nos reuníamos por la tarde antes de empezar los festejos, como cogía el cigarrillo y expiraba el humo y lo sacaba con un gran arte y entonces yo copiarlo como las crías de una manada de leones copian a sus padres cuando cazan y pelean. Así se comienza todo, por la repetición de los actos.
Para mí no había nada tan placentero, en aquella época de descubrimientos, como saborear un cigarrillo en el suelo de una peña con unos ciertos mareos producidos por las pucheretas de vino mezclado que se servía allí. Cierto es que el sabor y la sensación en aquellos tiempos jóvenes poco tiene que ver con la adicción y el mal sabor que se te queda en la boca después de unos cuantos años, pero ese es el comienzo se quiera o no, y la verdad es que son un tipo de experiencias que recuerdo con mucho agrado igual que como otras muchas experiencias sensoriales.
La verdad es que el tabaco cuando ya lo tienes asimilado y no te coloca, te proporciona tan poca sensación de diversión y de euforia que solamente es una especie de necesidad sin gracia, por eso me atrajo más bien poco, de hecho solo lo fumaba los fines de semana para incrementar el pedo de alcohol, y así obtener ese pequeño mareo suplementario que te da, sobre todo si entre semana no fumas y solo lo dejas para los viernes y sábados. Si espaciabas la toma volvías a experimentar los mareos y así te pegaba más el colocón con la mezcla de música, alcohol, luces y baile, con lo que te sale relativamente más barato el pedo.
Esto me duró unos pocos años. Dejé de fumar tabaco en la mili, porque las carreras que nos obligaban matutinamente a repetir, no me agradaban en absoluto y menos aún si fumabas en demasía.
El tabaco no es tan dañino como se cree. Ahí están los buenos puros habanos que fumados después de una buena comida ayudan a la digestión y a la conversación animosa en bodas y banquetes varios. Lo que de verdad es dañino son los componentes que las compañías tabaqueras añaden a los cigarrillos, según se comenta en alarmantes declaraciones de miles de reseñas medicas que hay en revistas e Internet, puede haber hasta 4000 agentes malignos en los cigarrillos, yo no sé donde pueden caber tantos agentes en un cilindro que no llega a los diez centímetros de tamaño pero en fin, las más conocidas y sabidas son la nicotina, alquitrán, arsénico y el plomo, todas cancerígenas. ¿Por qué no los hacen sin estos componentes y que luego la gente decida libremente? Tabaco que mata, con esto, con esto, con esto, y tabaco que no mata sin esto, sin esto y sin esto, más soso quizás pero no dañino.
La verdad es que el tabaco poco altera la mente, y cuando descubrí cosas como el hachiss, también por aquellas fechas militares, y en cuanto probé un buen porro y descubrí la brutal diferencia de colocón que había con el tabaco, dije: “se acabo fumar tontadas, porque si no te coloca, fumar pa nada, pa qué”.
Mi primera incursión en el mundo del imperio de los sentidos, sucedió hace mucho, mucho tiempo... cuando sin querer, cogí mi primera borrachera a la tierna edad de 13 años. Primer gran punto de inflexión del paso de la ignorante infancia a la excitante juventud, que fue como un pistoletazo de salida en una carrera por descubrir todo un mundo de nuevas sensaciones. Este recuerdo vivo y presente, lo he llevado siempre dentro de mí, como si se tratara de la primera comunión en el largo y duro caminar por el mundo de las drogas.
Recuerdo perfectamente cómo, cuándo y donde sucedió. Las nuevas y un poco extrañas sensaciones que comencé a descubrir y experimentar en mi interior. La dificultad de hacer trascender estos hechos con los pocos conocimientos que se tienen de la vida en esa temprana edad. Qué momentos tan complicados de asimilar, y qué gran desconcierto por no estar habituado ni preparado para tenerlos.
Sucedió durante una cena familiar en un restaurante a las afueras de mi ciudad que es Zaragoza. Eran reuniones frecuentes cuando tenía lugar algún evento como bodas, bautizos o cumpleaños. En este caso la comunión de un primo mío que tendría lugar en la típica capilla del colegio al día siguiente, a la que estaban invitados parientes de otras ciudades como Barcelona, Teruel y Alicante. La cena tuvo lugar en una sala comedor habilitada para tales fines. Era el típico restaurante asador donde se ponían manteles de papel en las mesas y se respiraba en el aire ese olor tan característico de chuletas a la brasa.
Casi todas las celebraciones tenían un modus operandi muy concreto. Se comenzaban en la barra del bar del restaurante tomando un aperitivo, dando tiempo a las distintas familias para llegar con sus respectivos coches. Los hombres se colocaban haciendo corro por un lado y las madres por otro. Todos los demás, que éramos primos de edades comprendidas entre los seis y los quince años, montando guerras y algarabías en los alrededores del restaurante, dentro de él o por donde se pudiera.
Una vez dentro de la sala, la distribución de los comensales se realizaba de la siguiente manera. Los mayores de la familia a un lado, primero los hombres, luego las madres y todos los pequeños al otro. No recuerdo exactamente cuanta gente estabamos esa noche, pero yo calculo que éramos unas 5 o 6 familias con sus respectivos hijos y que a un promedio de dos por familia sumábamos unas 25 personas. A nosotros, los pequeños, nos ubicaban siempre en mesas separadas de ellos si el local lo permitía. En este caso, al ser solo una gran mesa a lo largo de todo el comedor, nos colocaron alejados de la autoridad paterna con una suficiente distancia de seguridad para la mayor tranquilidad de estos en el festín.
Nos dejaban bajo la tutela de las madres y si el control de la situación entraba en derroteros de revuelta, intervenía la jerarquía masculina dirigida por un tío mío muy corpulento con bastante mal genio y con la mano más rápida de la familia. Nos imponía bastante respeto, tanto por su aspecto físico como por sus rápidas bofetadas y sus famosos capones, siendo “el number one” en poner orden en las situaciones un poco desmandadas.
Aunque son recuerdos un tanto borrosos después de tanto tiempo, creo que era mi primo Enrique, de mi edad, quien se sentaba a mí lado estando ubicados en la otra punta de la mesa cerca de los baños y muy alejados de la zona paterna. Los baños, lucían esos cagaderos sin taza con dos huellas de zapatos delante del agujero para colocar allí tus pies, y que para evacuar el vientre se debía utilizar esa incomoda pero sana posición de cuclillas, a la que nadie está acostumbrado en esta civilización moderna de grandes lujos y comodidades. Lo que si se hubiera dado el caso del “vomito”, habría facilitado bastante las cosas.
No recuerdo el menú, pero supongo que sería poco más o menos lo de siempre; ensaladas; chuletas con patatas; agua; vino; casera y postre. En aquella época, que los niños bebieran con la casera vino a temprana edad, por lo menos en mi entorno familiar, era del todo normal. Lo mezclaban, como ellos decían: “Para darle un poco de color a la sosa gaseosa”. No recuerdo si antes de ese día había bebido o no, supongo que sí, no lo sé, pero desde luego ese día me pasé cuatro pueblos. Comencé a sentirme claramente mareado y a perder el control del equilibrio y de mis actos durante la cena. A sentirme confuso y aturdido. Distinto. Fui varias veces al baño a mojarme la cabeza y la nuca, con la intención de poder despejarme del vértigo y de las imágenes que empezaba a ver borrosas, pero sin ningún éxito.
Más tarde, al final de la cena, sacaron unas botellas de champán para brindar. Recuerdo vagamente robarles una de la zona de los mayores y meterme debajo de nuestra mesa a beber. No sé quién fue mi cómplice, no lo recuerdo, pero de que había alguien eso estoy seguro. Tampoco sé, nunca lo he preguntado, si mi compañero llegó a alcanzar el mismo estado de embriaguez que yo, pero lo que sí recuerdo, es que después de una, robamos otra y luego otra. ¡Menudo bofetón que llevaba en la cabeza! Yo no sabía bien que es lo que me estaba pasando. El mareo se transformó en una especie de euforia y en un leve descontrol de la realidad, agradable por otra parte, pero que de repente, no podía parar por mucho que lo intentara. ¡No dejaba de beber! ¡No podía parar los mareos! ¡Tenía una nube en el centro de la frente! ¡Mi visión no enfocaba bien las imágenes! ¡Esto se me escapaba de las manos! ¡Había perdido el control!
Era una noche fría, salí a la calle en camiseta, donde hacía una espesa niebla y bastante frío del que yo estaba claro que ni me enteraba. Intentando vanamente con estas maniobras despejarme un poco para volver a mi estado natural. ¡Imposible!
Es una cosa curiosa, ya que solo tengo recuerdos de ese día de los momentos a partir de los cuales tuve los efectos del alcohol. No tengo ningún recuerdo de la tarde anterior ni de ir al restaurante, ni de esa semana o algún referente posterior. Solo guardo el recuerdo de las sensaciones que sufrí en las diferentes etapas del “gran pedo”. Supongo que habrá sido por quedarme impreso en la memoria al ser el primer día de tal suculenta borrachera. Se han archivado en mi memoria como pequeños “flash” de las cosas que acaecieron guardándose como si fueran diapositivas de diferentes espacio-tiempos. En el fondo todas las borracheras son así. Te acuerdas de ciertas imágenes, unas más claras y otras más borrosas, muchas de las cuales no quieres ni si quiera acordarte. Casi todo lo que sucede en la vida, es igual. Grandes cantidades de diapositivas que se pierden en el tiempo.
Recuerdo verme en diferentes escenas moviéndome con dificultad por la falta de equilibrio por la sala del comedor o yendo hacia el baño. Salir hacia la calle, pasando por la zona del bar de fuera del comedor. La sensación de ingravidez no sintiendo el suelo aunque lo pisara. La ausencia de frío, aunque estaba claro que lo hacía. No recuerdo haber salido de allí, pero si de verme vomitando en una cuneta de la carretera al volver a casa, ya que tuvimos que parar el coche un par de veces para devolver. Otra vomitona en el portal de mi casa, antes de ser subido en brazos por mis padres con mucha dificultad por las escaleras. Recuerdo encontrarme muy mal, mareado y con grandes nauseas, y nada más entrar en mi casa, salir corriendo hacia la cocina para volver a vomitar en el fregadero quedándome sentado en una silla con los brazos apoyados en su borde.
Al cabo de un buen rato de esfuerzos totalmente inútiles por no encontrarse ya nada en mi estómago que pudiera ser expulsado, intente parar los mareos y el malestar metiéndome en la cama. Nada más tumbarme y posar la cabeza en el almohadón, sentí con asombro que el techo de la habitación comenzaba a girar y girar por encima de mí, propinando en mi interior otra buena sarta de intensas ganas de vomitar. ¿Quién me había subido en una noria de feria? ¿Cómo habían podido imitar en una atracción mi cuarto de una manera tan exacta? ¿Era una pesadilla lo que me pasaba? ¿Una mala ilusión?
Si hubiera sabido entonces lo del truco de poner una pierna en el suelo para detener los giros de la habitación... aunque también es cierto que no siempre funciona.
Mi campo de acción durante las siguientes horas interminables, se redujo a ir de la cama al fregadero de la cocina y del fregadero de la cocina a la cama una y otra vez. Volvía exhausto después de los extenuantes esfuerzos por vomitar en el fregadero, cuando los giros interminables de la habitación al tumbarme, me hacían volver a levantarme de nuevo para acabar sentado con los brazos haciendo de almohada en la frente. Y así, entre pinto y baldemoro y baldemoro y pinto, pasé una de las noches más chungas de mi vida. O por lo menos eso es lo que pensé entonces. Con el tiempo he pasado tantas igual de malas que esa, e incluso otras mucho peores, pero esta es en mi archivo general de borracheras, la primera de una larga lista, y como tiene ese honor, pues es difícil perderla en el olvido.
Con el paso de los años veo que muchas de las experiencias negativas de la vida pasan sin más, igual que las buenas. Aunque los momentos malos donde el tiempo parece detenerse, intentas no repetirlos porque se te hacen eternos, sobre todo, si es una buena borrachera con vómitos y mareos que piensas que te vas a morir. Pero bueno, como no hay dos sin tres, y el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, no solamente caes una, sino un montón de veces más, y al final, simplemente pasan y se quedan archivadas en la memoria, como un recuerdo más de tantos.
Que fue doloroso, es evidente. Muchas veces una vez iniciado el proceso del alcohol ingerido en exceso, solo queda sufrirlo, y para eso nos hemos entrenado con ahínco durante estos años, con el fin de mitigar tal sufrimiento. Todo en la vida es un proceso de preparación, primero la afición y luego la profesionalización. Ahora, solo nos faltaría, que el hincar el codo, o el levantamiento de vidrio en barra fija, lo hicieran deporte olímpico, porque nacional, ya lo es hace mucho tiempo.
Que decir tiene, que al día siguiente no pude ir a la comunión, evidentemente. Me quedé en la cama todo el día bajo los efectos de la primera resaca chunga de mi vida, sufriendo y padeciendo un mal estar general absoluto. Teniendo que aguantar, además de lo que llevaba yo encima, las visitas de mis familiares interesándose por mi estado, acompañados de las típicas risitas y tonos irónicos de... “Sí, sí, que está malo” “Lo que a este le pasa, es que ayer cogió una toña de abrigo”. A lo que yo no podía contestar nada, tanto por mi mal estado general, como porque tenían toda la razón, aunque yo no lo supiera entonces.