MI PRIMER CIGARRILLO
Me es totalmente imposible recordar cual fue el primero y cuando sucedió. Son épocas de descubrimientos y experiencias tan lejanas y tan borrosas ya. Supongo, que contaría con una edad de entre los doce o trece años más o menos, la misma que cuando empecé con el alcohol y los tocamientos pecaminosos. Me puedo aventurar a pensar que sería al darle unas caladas al cigarrillo que algún valiente compañero de clase o algún hijo de amigos de la piscina privada a la cual íbamos, robara a sus padres o a los hermanos mayores.
Pitillo sacado con sigilo de las bolsas donde se guardaban los enseres piscineros para pasar tan magníficos y largos domingos. Y así, después del pequeño hurto y alejándonos de la autoridad familiar escondiéndonos entre los arbustos que rodeaban las piscinas fumáramos con descaro saltándonos las normas y mirando nerviosos por entre la maleza vigilando para no ser descubiertos con grandes nervios en el estómago como el que está a punto de cometer su primer delito criminal.
También es posible que hubiera podido ser cuando le robaba a mi madre cigarrillos de una pitillera que tenía en el salón de la casa a modo de ofrecimiento para las visitas. Mi madre nunca ha fumado, solo lo ha hecho como un acto social, acompañando a los familiares o amigos en las tertulias cafeteras que se tienen al principio de las formaciones de los grupos familiares, pero eso sí, sin tragarse el humo. Original la mujer ¿no?, pues así es mi madre.
Recuerdo como tenía que coger los justos para que no se notara la perdida y estuviera la pitillera siempre decentemente llena. Salir del salón corriendo y fumármelos a escondidas en la galería de la cocina como un furtivo, tirando la ceniza para no ser descubierto a la tierra de las macetas que allí había y tapándolas en los agujeros hechos con mis dedos, me volvía completamente loco.
Me inclino a pensar que seguramente fue más bien por lo primero, por alguien que ya iniciado te adentra en esos oscuros caminos. No obstante, las dos opciones son igual de atrayentes por lo prohibido del asunto. Qué ignorantes son los padres, no se dan cuenta de que precisamente lo prohibido es lo que te lleva a ello.
El sabor que se quedaba en la boca me resultaba agradable, así como la introducción del humo y la sensación que se quedaba de mareo en la cabeza. Sobre todo, ese gustillo como ahumado entre una rama de árbol recién encendida y una brasa de barbacoa, sabor que sale de las primeras caladas que se le da a cada cigarrillo cuando se enciende.
Los fumaba a escondidas y me iba corriendo a tumbarme en la cama de mi cuarto, que estaba justo al lado de nuestra galería, para así disfrutar del mareo que corría por mi cerebro y luego por el resto del cuerpo. Eran sensaciones nuevas que me atraían sin remisión.
Más adelante el hecho de fumar entre los amigos se convirtió en algo así como una posición de estatus dentro de la manada. “Si fumas eres más mayor y ya no eres tan crío” “Si fumas eres más adulto” “Si fumas, simplemente eres más…” De hecho si en grupo de amigos fuman la mayoría y tú no, te sientes diferente y a esas edades de experimentaciones no gusta en absoluto porque no te integras.
Recuerdo comprarme paquetes de fortuna de cartón blando cuando iba a las fiestas del pueblo de donde era originario mi padre. Ir al estanco, una casa privada con una salita donde se expendía el preciado producto y sentirme mayor por el hecho de comprar un paquete en el estanco con dinero de la propina y llevarlo en el bolsillo como si fuera un tesoro. Era todo un ritual en el que te creías una persona mayor al ser poseedor de tan deseado elemento. Recuerdo mirar a mi primo en las peñas donde nos reuníamos por la tarde antes de empezar los festejos, como cogía el cigarrillo y expiraba el humo y lo sacaba con un gran arte y entonces yo copiarlo como las crías de una manada de leones copian a sus padres cuando cazan y pelean. Así se comienza todo, por la repetición de los actos.
Para mí no había nada tan placentero, en aquella época de descubrimientos, como saborear un cigarrillo en el suelo de una peña con unos ciertos mareos producidos por las pucheretas de vino mezclado que se servía allí. Cierto es que el sabor y la sensación en aquellos tiempos jóvenes poco tiene que ver con la adicción y el mal sabor que se te queda en la boca después de unos cuantos años, pero ese es el comienzo se quiera o no, y la verdad es que son un tipo de experiencias que recuerdo con mucho agrado igual que como otras muchas experiencias sensoriales.
La verdad es que el tabaco cuando ya lo tienes asimilado y no te coloca, te proporciona tan poca sensación de diversión y de euforia que solamente es una especie de necesidad sin gracia, por eso me atrajo más bien poco, de hecho solo lo fumaba los fines de semana para incrementar el pedo de alcohol, y así obtener ese pequeño mareo suplementario que te da, sobre todo si entre semana no fumas y solo lo dejas para los viernes y sábados. Si espaciabas la toma volvías a experimentar los mareos y así te pegaba más el colocón con la mezcla de música, alcohol, luces y baile, con lo que te sale relativamente más barato el pedo.
Esto me duró unos pocos años. Dejé de fumar tabaco en la mili, porque las carreras que nos obligaban matutinamente a repetir, no me agradaban en absoluto y menos aún si fumabas en demasía.
El tabaco no es tan dañino como se cree. Ahí están los buenos puros habanos que fumados después de una buena comida ayudan a la digestión y a la conversación animosa en bodas y banquetes varios. Lo que de verdad es dañino son los componentes que las compañías tabaqueras añaden a los cigarrillos, según se comenta en alarmantes declaraciones de miles de reseñas medicas que hay en revistas e Internet, puede haber hasta 4000 agentes malignos en los cigarrillos, yo no sé donde pueden caber tantos agentes en un cilindro que no llega a los diez centímetros de tamaño pero en fin, las más conocidas y sabidas son la nicotina, alquitrán, arsénico y el plomo, todas cancerígenas. ¿Por qué no los hacen sin estos componentes y que luego la gente decida libremente? Tabaco que mata, con esto, con esto, con esto, y tabaco que no mata sin esto, sin esto y sin esto, más soso quizás pero no dañino.
La verdad es que el tabaco poco altera la mente, y cuando descubrí cosas como el hachiss, también por aquellas fechas militares, y en cuanto probé un buen porro y descubrí la brutal diferencia de colocón que había con el tabaco, dije: “se acabo fumar tontadas, porque si no te coloca, fumar pa nada, pa qué”.