MI PRIMERA CANCIÓN DE MÚSICA

 

Puede que una vez cumplidos los trámites del alumbramiento de mi ser, fuera la típica canción de cuna que todos hemos escuchado alguna vez aunque no nos acordemos… -“Duérmete niño, duérmete ya, que si no el coco te comerá” - Amenaza un tanto cruel por parte de los padres, que empiezan a meterte el miedo en el cuerpo, antes incluso de haber dado los primeros pasos. Pasos que podrían ayudarte a huir del susodicho coco malvado, si es que diera la casualidad por una vez en la vida, de que se apareciera por entre las sombras y la oscuridad del pasillo de tu casa. Cosa rara, ya que no es más que un personaje que pertenece a la imaginería social amenazante, para conseguir que te portes bien.

Pero antes que esa vez, la primera que sentí u oí una melodía o secuencia rítmica coordinada, pienso yo que sería en la gestación. Ahora se sabe, que a los cuatro meses de la unión del ovulo y el espermatozoide, el feto casi formado por completo, tiene desarrollado el oído, y está en posición expectante respecto a lo que sucede fuera. Hay experimentos que demuestran que el feto es receptivo a la música y a las conversaciones de la madre. Y en estas andaduras por donde se encontraba mi “mini-yo no-nato”, dentro de la seguridad que da el líquido amniótico, escucharía mi primera canción de música, ya que mi padre era un aficionado y coleccionista de discos, y quizás fuera algún tema de aquella época. Imposible saber cual. Pero de ahí me vendría mi afición un tanto obsesiva de muchos años de mi vida.

La música mueve en nuestro cerebro la misma cantidad química de endorfinas que unas rayas de cocaína. La mezcla de las dos, o con cualquier otra sustancia alteradora y productora de endorfinas, es la hostia. Siempre se ha dicho, que la música amansa las fieras, que las tranquiliza, en realidad las anestesia. Por eso mi relación con la música ha sido un tanto especial. A mí me volvió literalmente loco. Me ponía los pelos como escarpias. Yo lo comparo con un amor bien correspondido, con sus altos y bajos como en todas las relaciones.

Está imbuido hasta dentro en nuestro código genético desde los tiempos de las cavernas. El ritmo, las melodías, los sonidos musicales que nos deleitan y envuelven. Nos hacen mover el esqueleto sin ningún tipo de sentido. Con una coordinación motora, mejor o peor predispuesta que nos mueve el cuerpo sin poder evitarlo, dibujando figuras o dejándose llevar hacia el infinito del aquí, colgando el cerebro en un éxtasis de sensaciones. Cualquier pequeño de nuestra raza cuando oye música, se mueve de manera rítmica y acompasada, es imposible evitarlo.

El sonido es una onda que se mueve en una malla elástica que es el aire.

El oído humano escucha sonidos que van desde los 20 hercios hasta los 20.000 h., y entre estos se encuentran todos los instrumentos musicales. Los hertzios son una medida del sonido, que significa ciclos por segundo, a más cantidad de ciclos por segundo más agudo sale el sonido y a menos cantidad, sonidos más graves o bajos. Cuánto más agudo es el sonido más pequeña será la onda, y cuanto más grave más grande.

Hay una gran gama de instrumentos con sus diferentes rangos de frecuencias.  El piano es uno de los instrumentos que más abarca, desde los 27 H. hasta los 4.000 h., pasando por los sonidos más bajos del contrabajo, hasta los más agudos de los violines y flautas.  La mezcla de muchos o pocos sonidos generados por instrumentos musicales acústicos o electrónicos, como samplers, módulos de sonido, sintetizadores, rellenará en nuestro cerebro casi toda la escala del espectro sonoro audible. Por eso nos da placer, mueve nuestras neuronas con movimientos eléctricos al rellenar todos esos huecos y espacios silenciosos, dándonos satisfacción al escuchar los sonidos en sus diferentes tonos y armonías. Nos hacen sentir tristeza, melancolía, alegría, por medio de las escalas, y nos identificamos con las letras de las canciones, que nos hablan de lo que sucede en la vida cotidiana.

Desde que yo recuerdo he escuchado música. Primero los discos de mi padre, que ponía sin descanso en su viejo tocadiscos semiautomático que tenía en el salón de la casa, hasta la producción musical en un estudio propio. Principalmente, música de discoteca y electrónica, la hermana menor de las músicas existentes, ya que se mueve alrededor de todas las drogas modernas. Y así cualquiera. Pero aunque pueda parecer que por lo simple de su composición, al ser más minimalista, repetitiva y machacona, y sacando sonidos no acústicos que parecen ruidos, también tiene una evolución y su elaboración también comporta su dificultad y su público crece año tras año. Puede que un poco, al amparo del crecimiento del consumo de drogas, es cierto, pero es la evolución juvenil, musical y social de los tiempos que corren.

La verdadera revolución para mí, fueron los primeros sonidos espaciales y electrónicos producidos por los sintetizadores, allá por los años 80. Jean Michael Jarre, con sus cantos magnéticos y los de Propaganda de Machineri, fueron los precursores. A partir de ahí, un sin fin de grupos, OMD; NEW ORDER; MECANNO; que revolucionaron la música nacida de la evolución de los sintetizadores y los instrumentos generadores de sonidos electrónicos basados en la síntesis de las ondas pcm, o sacadas de osciladores de frecuencias, que unas veces imitaban a los sonidos acústicos generados desde un módulo, pero que al poder ser modificados por filtros y por los componentes de las ondas, sacaban sonidos nunca antes escuchados.

Nació el techno pop. Música industrializada que me enganchó y sedujo, y que fue generando una corriente de especialización en las discotecas basada en una música de baile repetitiva y machacona que ha acabado produciéndose por los mismos dj, s por ser ellos los mismos los que al pinchar los discos en las discotecas cada vez más grandes, seleccionaban los discos, manejaban las tendencias y corrientes que surgían en todo el mundo.

El primer disco que me volvió completamente loco fue el de Dont’Go de Yazoo el segundo de su discografía, en el año 82, yo tenía quince años. El anterior "situation", contaba en la cara a uno de los temas de amor más interpretados de estas décadas, only you de Yazoo. Eran los primeros maxi-singles que salían al mercado con versiones extendidas de las que salían en los elepés. Y en los singles, discos de 8 pulgadas. El tema lo escuche tantas veces y a tal cantidad de volumen que mis vecinos se sabían el tema igual que yo. Esos sonidos de bajos que se rompían. Las voces llenas de efectos con rever y arpegios de sonidos electrónicos, junto con ruidos que cada vez se complicaban y evolucionaban más. ¡Era la locura absoluta!

Uno de sus componentes era Vince Clarke. Un monstruo de los sintetizadores que fundó Depeche Mode, con los que saco el primer lp y que abandonó para formar Yazoo con Alison Mollet, con la que obtendría grandes éxitos. 

Fue una época de descubrimientos y de sensaciones única, supongo que cada uno tendrá las suyas propias. Pero para mí, era apasionante el hecho de esperar el siguiente disco de mis grupos favoritos que me volvían completamente loco. Ir al corte ingles semanalmente antes de salir por ahí. Buscar la última novedad, verlo de lejos y comprarlo antes que nadie. El olor del cartón.  El vinilo totalmente virgen, sin rayas. Ponerlo en el plato. Escuchar el sonido del roce de la aguja con el vinilo. Escucharlo en casa y luego más tarde en los bares que frecuentábamos.

Coincidió también con la época dorada del pop español. Grupos más electrónicos, acústicos o ambos. Daba igual. “Los años 80”.  Años importantísimos para la posterior evolución de la música moderna. Con grandes cambios musicales y sociales.  Cambios en las formas y maneras de pensar y vivir. Evolución al fin y al cabo.

Para mí, durante mucho tiempo escuchar música y poseerla fue una necesidad más de la vida. Durante mucho tiempo, más importante que ninguna otra actividad, casi la única. Si exceptuamos las necesidades básicas generales, casi no tenía otra. Más tarde el pincharla en casa con mis dos technics 1210, para sacar mezclas con los discos ya poseídos y luego la necesidad de que otros la escucharan y la bailaran. Una adición que viene de la generación de sensaciones que provocan las frecuencias antes explicadas.

La palabra música generaba en mí, un sin fin de misteriosas emociones que llenaban absolutamente mi vida. Luego la amplificación de watios de esa misma música, y la evolución y búsqueda de nuevos sonidos, iba a ir forjando una mezcla de sensaciones que explotaría y tendría su cumbre con la evolución de las drogas de diseño con el éxtasis en los años noventa.

Con el alcohol la música la sientes muy fuerte, pero con los éxtasis la música, sobre todo electrónica, se te mete por todos los poros del cuerpo. La sientes desde la cabeza a los pies. Oyes sonidos que no escuchas de manera habitual pero que están ahí, y alcanzas una especie de nirvana con un cuelgue especial sobre los sonidos que escuchas.

Un lunes por la mañana hace mucho tiempo, después de todo un fin de semana sin dormir, como casi todos en aquella época de mi vida, cuando llegaba a casa satisfecho, pleno, lleno de sensaciones gratificantes, escribí lo que para mí era la música. Nunca pude imaginar entonces que serviría para formar parte, como párrafo, de un libro.

Los sonidos que componen un tema son como un conglomerado entrelazado de líneas, que se van uniendo y superponiéndose para hacer una sola carretera que acaban entrando y saliendo por un mismo túnel. Tú conscientemente eliges una de ellas y puedes sacarla del resto, coger otra y unirla, así hasta totalizar la mezcla. Puedes coger un charles y estar ahí arriba, o bajarte al centro de una caja, entrar en un bajo rítmico o pausado, o coger un piano y galopar por encima de unas bases sonoras percusivas. Y entre todo ese conglomerado estas tú, seleccionando lo que más te gusta, uniéndolo o deshaciéndolo a tu antojo. Ese ejercicio de concentración divide tú cerebro y lo parte en trozos, y es por esto por lo que la música te cuelga y te diluye.  

En el plano social vas a una discoteca y te metes dentro de un altavoz por donde van a salir los sonidos separados cuidadosamente por los filtros de frecuencias, agudos, medios y bajos, saliendo una mezcla perfecta que te inundan y rellenan el cerebro. Horas y horas escuchando, secuenciando, disfrutando y bailando la música mezclada por un dj. Música, música, y más música. Hay veces que estás ahí metido horas, y parece que tan solo han pasado unos pocos minutos. Entre la música alta, el alcohol, las drogas, la gente a tu alrededor, pasas de un estado de consciencia, a uno de semiinconsciencia, que te hace desaparecer por breves instantes. Efímeros pero gloriosos instantes. Subiéndote por una espiral de sensaciones eléctricas, que te comunica con el centro del universo. Ahí si que sientes que hay un todo más allá de todo esto.

Pero al final, como todo en la vida, acaba siendo una adicción como otra cualquiera. Cada fin de semana necesitas repetir la operación hasta que adquiere la forma de rutina, y así, va perdiendo poco a poco el misterio que al principio antes te ilusionaba, motivaba, y un poco también te dominaba. Así es nuestra jodida condición.

 

C’est la vie.

Comentarios

q xido sta muy padre


q aburrido pongan algo xido


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