MI PRIMER ÉXTASIS
MI PRIMER ÉXTASIS, PASTILLA DEL AMOR, PILL, MDMA.
Esto que puede parecerle a mucha gente, algo tan pueril como, “la primera vez que me tomé un éxtasis”, para mí, ha sido una de las mejores, más interesantes y excitantes experiencias de la vida. Ahora muchos, se estarán llevando las manos a la cabeza, clamando al cielo por tal afirmación, pero lo que yo he dejado de sentir o vivir es solo asunto mío y a nadie más le importa. O por lo menos no deberían de importarles tanto, del mismo modo que a mi no me importan muchas de las experiencias de los demás. Hay tantas maneras de ver la vida y vivirla, como personas. A mi tampoco me gusta el fútbol, pero entiendo lo que con lleva seguir unos colores y la pasión que desata, quizás porque de crío yo también los sentí; los de mi ciudad; los de la selección; los de mi colegio; los de mi clase. Y eso me hace respetar las decisiones de los que les guste seguir ese tipo de juegos, para mi, tontos y estúpidos. Cualquier actividad humana, pensada fríamente no tiene ningún sentido. Veintidós gachos en calzoncillos corriendo detrás de un balón de cuero para meterla por entre unos postes. “Tela”. A mi me deja frío e indiferente, de hecho como deporte me parece aburrido y mal concebido para el espectáculo. Pero mueve muchas cosas por detrás. Dinero. Afición. Pertenecer a algo para sentirte identificado. Es norma general, pertenecer al club de la ciudad donde naciste, y si no, ser del Madrid o del Barcelona, que están eternamente enfrentados. A lo mejor es que no quieren que haya un buen espectáculo y lo que quieren conseguir es que se enfrenten los unos contra los otros, que defiendas unos colores y que te
te metas con los del equipo contrario en el bar, en el trabajo, o en tu casa. Bueno, allá ellos. Yo por eso no lo veo, por eso no me gusta, por eso no soy de ningún equipo y me importa un huevo quién gane o pierda la liga. ¿Debería criticar esos comportamientos aberrantes cuando todos hablan mal del entrenador, el delantero de turno que no mete goles, y las vidas y milagros de los jugadores que ganan tanto dinero? ¿Debería intentar convencer a los demás de que no los siguieran, por ser un juego estúpido? ¿Y si tuviera poder para hacerlo... debería prohibirlo? No sé, pero yo creo que no.
El primer contacto que tuve con los piles, o que sentí que serían algo importantes en mi vida, fue una tarde de sábado tomando algo placidamente al sol, en unas conocidas terrazas del parque grande de Zaragoza, donde quedan los jóvenes a primeras horas de la tarde para iniciar las salidas de los fines de semana.
Habíamos oído hablar de ellos, pero de muy lejos. Comenzaban a sacar reportajes sobre las discotecas valencianas y de Ibiza, donde empezaban a aflorar este tipo de estupefacientes. Aquí la cocaína se expandía con mucha rapidez, los trippis hacían su aparición en la escena musical noctámbula, y los porros ya los consumíamos con asiduidad todos los fines de semana. Solo nos quedaban para completar nuestro currículum de las sustancias alteradores de la mente, las novedosas y atrayentes drogas de diseño. Química pura y dura, y tal como se expansionaban solo era cuestión de tiempo.
Las discotecas de moda de la ciudad, como Pacha y El KWM comenzaron a cerrar cada vez más tarde. Pacha a las 8.00 de la mañana y el “K” como llamábamos coloquialmente al kwm, a las 10 u 11 de la mañana, dependiendo un poco del público que llenaba la sala. Según la ley, si cerrabas dos horas para limpiar podías volver a abrir a partir de las 6.00 de la mañana e incluso el nivel permitido de decibelios subía
Esa tarde de sábado estábamos en las ocas, las terrazas antes nombradas y llegaron unos amigos de nuestros tiempos facciosos en un estado no lamentable, pero si extraño por la hora que era, las 6 de la tarde y no habían dormido en toda la noche del viernes y seguramente, vendrían de algún garito a puerta cerrada. Sería entrada la primavera o verano, hacía buena tarde y nos contaron como se habían comido un éxtasis, y habían estado toda la noche bailando sin parar y sin tener la necesidad de irse a casa, exceptuando un ratito para una ducha de refresco y seguir de marcha.
Todavía recuerdo lo que la palabra ÉXTASIS produjo en mi cerebro. Era como algo misterioso, como si se tratara del cáliz de la alianza buscado durante milenios por los cruzados. El elixir de la eterna juventud. Y en cierto modo así era. Fue como una anunciación.
Se sentó con nosotros y nos dijo: -Nos hemos comido un “Éxtasis” esta noche, y es lo mejor. Lo más para divertirte. Ni farlopa, ni speed, ni nada. Te comes media pastilla y tienes para bailar toda la noche. Tenéis que probarlo, os compráis una y la compartís para dos. Hacedme caso. Yo os la consigo para esta noche y si no os lo pasáis en grande os devuelvo el dinero- Al poco como le gustaron tanto, que él sería el primero en traer los piles y llenar las noches de Zaragoza con ellos. Me acuerdo que sus palabras fueron -“He nacido para esto”-. Estuvimos un rato más hablando de esta o de otras tonterías por el estilo y nos fuimos de allí sin darle más importancia al asunto. Pero con la mosca detrás de la oreja por lo que nos relató nuestro querido amigo. Sobre todo yo, ávido de experiencias y de búsqueda de nuevas sensaciones. Pasamos la tarde plácidamente y por la noche nos lo volvimos a encontrar otra vez en los garitos que frecuentábamos. Estaba en estado de trance colgándose con la música, por no haber dormido y llenándose el alma eterna con los XTC por supuesto. Todos estos actos daban que pensar. ¿Qué haría eso del éxtasis? ¿Cómo actuaría? ¿En que estado te coloca? ¿Será difícil de controlar? ¿Qué es lo que sientes? Daba un poco de miedo porque con las rayas sabías la cantidad que te metías y como actuaban, pero una pastilla en el interior y tan pequeña ¿cómo podía durar tanto? ¿Qué es lo que te hacía y donde para que te lo pasaras tan bien? Eran preguntas que corrían por mi mente llenándola de dudas. Dudas que son las que se hace todo el mundo antes de probarlos, es lo normal. Daba miedo y respeto, pero inevitablemente también curiosidad. Y al final la curiosidad mató al gato. Así es la vida, probar, sentir, vivir.
Palabras como, subida, cuelgue, y ostión, comenzaron a meterse en nuestro vocabulario cotidiano del pedo del fin de semana, pero con un halo como de misterio por no comprenderlo bien hasta que no lo sientes o experimentas. El que se muere sin saber lo que es un buen ostión de pill, es como el que ha vivido y no se ha enamorado nunca, no pasa nada evidentemente, pero te has perdido algo único. Está claro que era algo parecido a las borracheras, pero así como la cocaína y el speed te subían a otro punto el pedo de alcohol, el éxtasis parecía valérselas por si mismo para sentir algo completamente distinto.
Pero… ¿qué significaban todas esas expresiones? ¿Qué es una subida? ¿Qué era estar colgado? ¿Cómo te quedabas colgado?
Lo que te hace sentir un MDMA, no te lo da ninguna otra sustancia del mercado. La heroína, dicen que es como un orgasmo, pero luego siempre quieres más, te engancha, destroza tu equilibrio mental y tu forma de vivir, es lo único que directamente no he probado, algunos yonkis nos comentaban que algunas pastillas contenían heroína entre su composición. Puede, la sensación era como más orgásmica. Los trippis son alucinógenos, te hacen reír un montón, te sacan de la realidad cotidiana, el tiempo se detiene, y las formas y los conceptos cotidianos varían y se distorsionan. Los porros y la marihuana, te relajan o activan, dependiendo del momento y las circunstancias. Hay marihuanas triposas que te puedes morir de risa y con los porros te puedes comer 10 neveras del hambre que te dan. La cocaína te tensa y te da seguridad, una falsa seguridad. El speed te da velocidad de movimientos, te pone muy cachondo, pero si te pasas, y casi siempre te pasas, te vuelve algo paranoico. Te ves sucio aunque te duches. Tienes sueño pero no puedes dormir. Si tienes que trabajar a la hora que sea solo te quedarás dormido media hora antes. Pero el éxtasis…el éxtasis te toca las fibras internas sensibles y te da la felicidad absoluta. Algunos sobre todo. Escalofríos. Paz. Serenidad. Amor. Te abre a nuevos conceptos de sentimientos y sensaciones que en la vida cotidiana no afloran tan fácilmente. Que existen es cierto, pero que cuesta mucho experimentarlos con las vivencias normales, también es cierto. Por lo menos para mí y para mucha gente. A parte de todo, son sensaciones distintas por el modo en que se experimentan. Cambia radicalmente la forma de oír la música, de sentirla. Las relaciones sociales. Las sexuales. Todo. Pero aún así, cada cual lo interpretará a su manera. Esto son sensaciones particulares que yo he tenido con cada sustancia, aunque también son generales. Normalmente, casi siempre acababa siendo un pedo mezcla de muchas, y como centro de todas ellas estaba evidentemente el alcohol.
La primera pastilla que me comí era una pequeña blanca y ovalada con una rayita en medio. Se la compré a medias con mi amigo kike al amigo rulador de antes, sus siglas de mote eran S. el M., a petición suya quiere estar en el anonimato, es el que las introdujo en Zaragoza, y ahora es una persona normal que tiene un negocio lucrativo y que funciona. Creo recordar que nos cobró 6000 pelas a precio de amigo. Las primeras se pagaban entre las 6000 y las 8000 pesetas de entonces. La compramos entre dos. Al principio eras reacio por todo lo que he comentado antes: el miedo, el respeto, y también por lo puramente económico. Un gramo de speed o de farlopa, te duraba bastante más y el rito de las rayas en los cajeros o en el coche te daba mucho más morbo. Sin embargo, una pastilla te la comías y luego ¿qué? A esperar esa subida y bailar y bailar… no sé, era un poco extraño y difícil de digerir.
Lo que se comentaba también era que al día siguiente si bebías alcohol podías tener unos “flash-back” elegantes, algo así como una leve subida por los posos de la droga en la sangre. Y eso sí que me sucedió a la tarde siguiente, me tome una caña y me puse eufórico y un tanto sensiblero.
La primera toma de contacto no fue la gloriosa y apasionante vivencia esperada. Pero estaba claro que llegarían otras.
Pasaron unos fines de semana y nos preparamos para irnos de vacaciones unos cuántos amigos. Cogimos un apartamento en Lloret de Mar. Para entonces los pirulos ya rulaban por ahí, pero todavía no se habían introducido en nuestro entorno, las demás drogas sí. Decidimos comprar un buen cargamento de farlopa para llevarnos, y yo junto con Braulio, un amigo, compramos un pirulo a medias. Nos costó 7000 y se la compramos a un amigo que ya no está entre nosotros. Eran unas pastillas marrones bastante grandes. Unas de las mejores pastillas que he comido en todos estos años. Me acuerdo de todas las sensaciones de la primera vez como si fuera hoy mismo.
El apartamento estaba en primera línea de playa en el centro, al lado de toda la zona de marcha. Conocíamos a un par de amigos que trabajaban siempre allí en verano. La discoteca a la que íbamos era
Compramos unas botellas de whisky por medio de un camarero amigo nuestro y así teníamos asegurada la entrada en la puerta y preferencia en el trato. La discoteca contaba con una pista central, al alrededor sitios para sentarse, y como unas plateas para poder observar desde arriba a la gente que bailaba. Una de las noches hicimos una fiesta en la playa y Braulio machaco la mitad de su pil e hizo unos chinos en un cigarro. Nos los fumamos sentados en la arena pero la verdad es que tampoco nos colocó en demasía. Nos preparamos para salir por la noche y fue cuando me comí un cuarto justo antes de entrar en la discoteca. A la hora más o menos, al ir hacia el baño, que recuerdo perfectamente que estaban decorados con metales por todos lados, muy chic para aquella época, noté como un leve mareo y una pequeña perdida de equilibrio, desconcertante pero agradable, como si el suelo se moviera a mis pies, y flotara por encima de él, pero muy poco rato, a lo mejor eso es lo que hizo Jesucristo en las aguas, se comió un pil y anduvo por encima. Me di cuenta luego, cuando de verdad supe como subía un pil, que fue la pastilla la que me movió esa noche por ahí sin yo saberlo, porque luego me puse a hablar muy suelto con chavalas y el único que ligó esa noche fui yo. Yo nunca lo hacía, solo bailaba y me colgaba con la música, lo de las tías era meramente secundario.
Pero la vez que lo sentí de verdad, fue a las pocas semanas una noche en la discoteca kwm, en la pista con esas mismas pastillas marrones, que duraron en el mercado algún tiempo más. Esa vez me comí media antes de entrar en el K y de repente cuando estaba bailando en la pista, todo empezó a distorsionarse, y todo lo que me rodeaba se volvía flexible y moldeable, con una distinta realidad. La música comenzaba a meterse por dentro de mi cuerpo oyéndola por mis pabellones auditivos como si fuera en una nave espacial. Tuve la sensación de que la gente bailaba a mí alrededor mucho más deprisa, pero como en escenas que pasaban muy lentas, y como que sus gestos eran más fuertes, más profundos. Me acuerdo perfectamente de tener bailando a mi amigo Fernando en frente, y ver las expresiones de su cara entre los flases de las luces mucho más intensas. De repente, al girar mi cara, e intentar entender lo que sucedía, vi. como la barra que tenía en frente, se alejaba de donde estaba hacía lo lejos. Se alejaba hasta mucho más al fondo, como en las películas de terror se alejan se alejan la puerta de salida cuando el protagonista huye del malo corriendo por los pasillos. En ese momento volvía mi mirada hacia algún sitio de la pista y lo veía todo como entre flases por los efectos de las luces y la pastilla, volvía a dirigir la mirada a la barra y se volvía a alejar hasta el infinito, entonces me dije, “sal de aquí”. No porque fuera algo desagradable, al contrario, era algo curioso y distinto, sino porque algo me decía que fuera me lo iba a pasar mejor. Al salir por la puerta, notaba como iba flotando por el aire, con una leve perdida del equilibrio, pero controlada. Al ver la luz de la calle de día ya, serían las 10 seguramente, todo se quedó como más tranquilo. No había distorsiones, las luces no te hipnotizaban. Fui hacia el emperador, un bar de tapas que abrían por la mañana y donde se metía gente de la noche a descansar en su sitio con luz blanca normal y sillas, y en ese camino noté por fin lo que era un pil, era una sensación de plenitud y de felicidad absolutas, las casas eran bonitas, los árboles y los setos del paseo brillaban con luz propia y parecían hablar alegremente entre ellos. La luz del sol, exultante, brillante, plena, llenaba absolutamente todo el escenario visual. El calor de sus rayos en mi cara, hacía todavía más placentero ese momento mágico. Llegue al emperador y me senté con unos amigos que estaban descansando. Mi cuerpo se alzaba